Foto: Archivo

FIL

Un desierto sin bárbaros


La narradora argentina Perla Suez este año ha ganado el Premio Sor Juana; en una conversación directa —Guadalajara/Córdoba—, la autora ofrece detalles sobre cómo surgió El país del diablo

Por Roberto Estrada
9 Noviembre 2015

La argentina Perla Suez es quien este año ha ganado el Premio Sor Juana, por su novela El país del diablo que se entregará en la FIL, y que se adentra en el tema del exterminio de los indios en su tierra a manos de los inmigrantes europeos, para con ello tratar de restañar las heridas de ese pasado.

En entrevista ha explicado el proceso de esta obra: “Yo empecé a leer mucho material sobre los pueblos originarios, me interesa mucho, y sobre todo en mi país, porque esa historia no fue contada. Fue tapada. Lo que nos decían fue que los blancos eran los civilizados y los indios los bárbaros. A esa imagen desde la ficción tenía que darle la vuelta. Siempre tuve el deseo de hacerlo pero no sabía cómo encararlo”.

Suez dice que empezó con la imagen de una niña adolescente —mitad blanca y mitad mapuche— que se llama Lum, que en la lengua araucana mapuche quiere decir encuentro entre dos lagunas, porque “ella representa el dolor que significó que acá había un pueblo y que prácticamente fue exterminado, a costa de que vinieran inmigrantes, de los cuales yo provengo, porque mis abuelos vinieron de Europa, escapando del zar Nicolás II, y les dieron un lugar donde habitar. Me pregunto ¿por qué tuvieron que matar a los indios? ¿Cuánto más rica hubiera sido nuestra cultura y país si los hubieran dejado en sus tierras?”.

Dice Suez que lo que intentó en El país del diablo a través de la ficción, “es recuperar esa memoria con la trama que yo hago, porque no tiene que ver con la historia oficial, pero intenté escribirlo como si fuera un western de nuestra Patagonia, que es enorme. Y desde lo que llamaron el país del diablo, según el presidente Julio Argentino Roca, que fue el que empezó el exterminio con lo que se conoció como la campaña del desierto”.

En cuanto a si la discriminación continúa, la autora señala que “en los últimos tiempos ha habido un movimiento muy fuerte para que se devuelvan las tierras. Con mi novela no es que esté dando a conocer por primera vez el tema, sino que gracias a que hay un trabajo previo de universidades y ministerios de educación, esto está cambiando, pero lo que es irrecuperable es lo que ya ocurrió, entonces, debemos tener conciencia, por eso para mí la memoria ha sido muy importante, siempre. En primer lugar, para no olvidar y que no vuelva a ocurrir, y para que esta gente que tuvo sus tierras y cultura sea restituida”.

Suez recuerda que “todavía tenemos en el museo de La Plata, en la provincia de Buenos Aires, cabezas de indios que se expusieron a comienzos del siglo XX, que eran como trofeos”. Los logros de los “civilizados” contra los bárbaros.

Y en estos tiempos en que parece volver el salvajismo, dice estar de acuerdo en volver a esos temas porque “con sólo mirar lo que está pasando en Europa, las masas de gente que viene escapando de la guerra, con el horror y el vacío, tenemos que volver a llenar esas palabras de sentido”.

Para escribir esta novela se necesitaron fuentes —continúa Suez—, pero “la historia es un telón de fondo, apenas como un velo detrás de lo que cuento. El desierto como el testigo y el lugar de los hechos. Me documenté porque quería saber otra mirada respecto a la cultura araucana, con las memorias de un cacique, que se publicó en Chile, aparte de nutrirme de todas las corrientes de chamanismo y de antropología cultural, como Mircea Eliade y Carlos Castaneda”.

El texto aparece ante el lector como un guión cinematográfico, escrito en un tiempo presente que le dota de velocidad y fuerza, y ella confiesa que sí se ha servido del cine (sobre todo del western), en el que fue formada. Ya que “aquí está la visualización; la literatura como posibilidad de ver”.

Si este libro como otros anteriores abona a la identidad de Latinoamérica es “porque ninguno de los escritores escapamos a una mirada sobre el mundo, y yo no quiero escapar. Y no quiero explicar al lector y darle todo servido, me interesa que pueda interpretar y que desde la narrativa pueda abrir la mente a otro mundo posible, donde podamos convivir con otras culturas”.



Nota publicada en la edición 857


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