Homenaje
La liberadora cólera poética

La obra de Efraín Huerta tiene una vitalidad que a muchos años de haberse escrito se conserva intacta, y es posible advertirla cada vez que se lee. Faltaría interpretarlo a la luz de los tiempos nuevos y darle una justa medida a toda su obra, que es parte de la construcción de un un país y una poesía muy a la mexicana

Foto: Archivo
Por Víctor Manuel Pazarín
16 Junio 2014

Ciudad enamorada, ciudad pues
para estar sin remedio enamorado
y habitarla y mamarla —inmensa ubre—
de pies a cabeza…
Efraín Huerta

Casi de manera natural, los lectores han conformado, a lo largo del tiempo, una breve y milagrosa antología de los poemas de Efraín Huerta. Cercano a la poesía de Neruda, al menos en sus primeros libros, poco a poco esa influencia se fue desvaneciendo hasta encontrar una forma propia de nombrar las cosas y declarar, sin menoscabo, lo que le fastidia del mundo. Porque la fuerza de la poesía de Huerta está, nadie lo duda, en su actitud, en su manera muy personal de ir enunciando lo que a su paso mira. Y esa compilación, de algún modo, ha logrado que muchos lectores tengan en la memoria solamente una de las facetas del también periodista (especializado en la reseña cinematográfica), nacido en Silao, Guanajuato, el 18 de junio de 1914, y con frecuencia se olvida que la poesía de Huerta, con distintos matices a los largo de su obra (“…lo social, la palabra pública del poemínimo, el erotismo y el amor” —ha enumerado el ensayista Ricardo Venegas), logra darle salida a la desesperanza al retratar a los personajes —en sitios concretos de la ciudad—, otorgando a su actitud poética un sesgo social, algo que ya muy pocos poetas ofrecen en sus versos, pero que en Huerta es esencial.

No obstante haya nacido en un poblado de provincia —o quizás por ello—, desde sus primeros poemas Huerta declaró en su obra lírica su pasión por la Ciudad de México; y los temas y los personajes de sus poemas —que los lectores guardan en su memoria—, en todo caso, están ubicados allí, se encuentran allí y viven y mueren en la ciudad.

“Avenida Juárez”, “Declaración de odio”, “Responso por un poeta descuartizado”, “La muchacha ebria”, son de alguna manera la poética esencial de Huerta, quizás por eso, en una reciente entrevista a su hijo, el también poeta David Huerta haya declarado con acierto a Jocelyn Martínez Elizalde (Ancilla, número 4): “Para Efraín me parece justo el rótulo ‘poeta de la ciudad’, con todo y ser una simplificación, pero si leemos la obra de Efraín Huerta desde su madurez, desde sus últimos poemas, como ‘Amor patria mía’ y si vemos en retrospectiva la obra de Huerta a partir de este poema todo tiene un sentido extraordinario, al mismo tiempo mexicano y latinoamericanista…”.

La ciudad fue para el poeta una especie de nicho, donde de la misma manera la propia metrópoli es su tema y personaje.

Visiones de la ciudad
Efraín Huerta es un cronista, o al menos esos cuatro poemas enumerados (“Avenida Juárez”, “Declaración de odio”, “Responso por un poeta descuartizado”, “La muchacha ebria”) lo podrían declaran así. Logra —con una velocidad vertiginosa— abrir paso a ciertos espectros de las calles precisas y dar, sobre todo, el ambiente en que viven en la “Amplia y dolorosa ciudad donde caben la miseria y los homosexuales, /las prostitutas y la famosa melancolía de los poetas, /los rezos y la oraciones de los cristianos…”, como enuncia en su “Declaración de odio”, donde la ciudad perdida y socialmente destartalada es tan “complicada” y un “hervidero de envidias, criadero de virtudes deshechas al cabo de una hora…”.

Es la ciudad de los desvalidos, que a la vez la detesta y la aman; y es la voz de Huerta el medio de la construcción de esas voces sin voz. Estos poemas, podríamos decir, son el centro de una poética muy cercana a los rapsodas malditos, y a lo largo de toda su Poesía 1935-1968 (Joaquín Mortiz, 1963) el bardo de Silao va colocando esos cuatro poemas que sus lectores recuerdan cada vez que se menciona su nombre.

Huerta descubre la ciudad y sus vicios. Sus virtudes y defectos. Pero a pesar de que algunas veces hable con encono de ella, en el fondo son declaratorias amorosas.

Es gracias a Huerta que se han quedado fijos algunos puntos de la Ciudad de México y es un mapa que se debe leer antes de hacer un viaje de la provincia a la Gran Ciudad, pues con él uno ya reconoce de antemano los sitios y la Avenida Juárez y San Juan de Letrán, y a su vez nos permite dar cuerpo a personajes como esa muchacha ebria que en todo caso alguna vez Efraín Huerta encontró para eternizarla sin nombre, sin rostro y casi sin cuerpo, pero evocada: “Este lánguido caer en brazos de una desconocida, / esta brutal tarea de pisotear mariposas y sombras y/ cadáveres…”.

Es una peculiaridad de estos poemas el aliento desbordado y una construcción casi discursiva, es decir: Huerta inunda la voz y va nombrando y construyendo casi como si fuera la corriente de un turbulento río. No para sino hasta encontrar una aproximación a lo sentido. Sus versos, en estos poemas nombrados, algunas veces recuerdan a la prosa narrativa pero, escritos en versos, a todo el que lee lo obliga a una celeridad, a una evocación casi mítica de los rincones de la Ciudad de México, cautivos en los poemas.

Hay algo más. Huerta en estos poemas siempre hace comentarios políticos y, también, una feroz crítica social. Aunque también maldice y elogia a los poetas cada vez, cada verso… Entre los cuatro poemas centrales de su obra —no los mejores quizás—, lo perceptible es la furia con que fueron escritos. Dispersos a lo largo de su obra poética, hace una especie de recordatorio de su personal visión de una ciudad, de un espacio oscuro y terrible.

En el “Responso por un poeta descuartizado”, es y no es la ciudad el tema, más bien parecería que es la propia poesía y los poetas, como es casi obvio. La cercanía con los demás textos es tal vez la estructura y su vocación de dureza y su vertiginosidad…

Esos cuatro poemas son el corazón de la obra huertiana, sin embargo no es su totalidad. El rapsoda de la ciudad escribió textos de distintas facturas y temáticas, y siempre volvía a su tema central: la ciudad.

Retornaba a la urbe para escribirle, odiarla y amarla, como dice en su poema que da título al libro Circuito Interior (Poesía Completa. Editado por Martí Soler. México: FCE, 1988):

Porque estar enamorado, enamorarse
siempre
de una vaga ciudad, es andar como en
blanco;
conjugar y padecer un verbo helado;
caminar la luz, pisarla, rehacerla
y dar vueltas y vueltas y volver a empezar…

Año de Huerta
Este año el gobierno federal, oficialmente publicado como decreto en el Diario Oficial de la Federación (DOF: 25/04/2014), ha declarado al 2014 como el “Año de Octavio Paz”, y se olvidaron de Efraín Huerta y José Revueltas, lo cual desató, en los meses pasados, en el mundo artístico e intelectual mexicano, una fuerte polémica.

Con todo, este año el país y sus lectores celebran el centenario de su nacimiento. Quizás el “olvido” se deba a que José Revueltas y Efraín Huerta fueron los más acérrimos críticos del Estado-PRI y al volver al poder los viejos políticos no lo han olvidado. Tampoco que ambos tienen un pasado comunista, contrario a Octavio Paz que, aunque fue un crítico recio y atinado, es también verdad que siempre se mantuvo cercano al poder estatal y al PRI gobierno.
Efraín Huerta, ahora célebre y admirado sobre todo por los escritores jóvenes, de acuerdo a un artículo de José Joaquín Blanco, no siempre fue así.

En alguna parte de su texto “Efraín Huerta o el poeta en camión de segunda”, publicado en Crónica literaria. Un siglo de escritores mexicanos (Cal y arena, 1996), Blanco dice: “En 1968 apareció Poesía 1935-1968 de Efraín Huerta (1914-1982). Antes de esa fecha se reconocía en Huerta a un escritor menor que, a pesar de haber cometido los grandes pecados literarios del siglo (estalinismo, poesía panfletaria, el fárrago exaltado como retórica constante) había logrado poemas importantes”.

Más adelante ese mismo artículo define concluyente: “Huerta se convirtió de pronto en el poeta más admirado e influyente entre los jóvenes, durante los años setenta; se veía en él, en cuanto personaje, al Neruda mexicano, y en cuanto a su obra, sus palabras eran imprescindibles para expresar la crisis (…) En sus mejores momentos, los poemas de Efraín Huerta conservan la pureza liberadora de la cólera cruda; registran la desdicha que la mayoría de los poetas mexicanos excluye…”.



Nota publicada en la edición 793


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