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Pensamiento

La nave de Teseo


El esplendor de los personajes amarillos, que surgieron como una propuesta crítica inusitada, en los últimos tiempos vive una declarada decadencia, semejante a la sociedad que los produjo
Por Manuel Fons
29 Abril 2013

Bart Simpson escribe repetidas veces en un pizarrón: The old writers weren’t replaced by an army of monkeys. Suena el timbre y huye en su patineta. Homero sale de la planta nuclear con una barra de plutonio en la espalda. Expulsan a Lisa del ensamble musical. Marge entra a la cochera atropellando a Homero. Toda la familia coincide en el sofá de su sala, frente al televisor. Inicia una vertiginosa progresión de sustituciones: cambia la casa, el sofá, la tele, les cambia el color de la piel, crece vello en sus rostros. Para ese momento, ya no son los Simpsons, sino cinco changos, curiosos, viendo la sombra de una televisión proyectada sobre el muro de una caverna. Suena el estribillo de la serie y aparecen los créditos con el estilo de una pintura rupestre.
Los Simpsons es una obra de ficción que prácticamente ha tratado todos los temas, de todas las maneras posibles; para cartografiarla, habría que definir y describir el estilo de vida americano y, por extensión, al hombre y la posmodernidad. En el período clásico de la serie, que podríamos ubicar —poco más o menos, entre la primera y la octava temporada—, Los Simpsons desplegaron todos los rasgos que la inmortalizarían como una de las más influyentes en la cultura occidental. Por entonces, el programa destacaba en todas sus líneas: argumentos originales, dilemas complejos, humor inteligente, frases ingeniosas al grado de que algunos capítulos rozaron (o alcanzaron) la perfección creativa y cruzaron la línea del mero entretenimiento para ocupar un puesto entre las obras de arte.
A los seguidores de esos episodios, les sucede como a los lectores de grandes aforistas —Nietzsche, Lichtenberg, Wilde—, que siempre los asaltan ocasiones para citar una frase o chiste, y el acervo de la serie es tan vasto, que cada quien tiene las suyas. Las más apreciadas, claro, son las de Homero Simpson: “¿Y si era tan listo por qué se murió?”; “El alcohol: la causa y la solución de todos nuestros problemas”; “¡Bart, con 10 mil dólares seríamos millonarios! Podríamos comprar todo tipo de cosas útiles, como… ¡Amor!”; “No soy un hombre de plegarias, pero, si estás en el cielo: ¡Sálvame, por favor, Superman!”
Un rasgo muy singular de Los Simpsons clásicos, fue el de gustar tanto a los niños, como a los adultos, al público promedio y al culto; para cada persona había un personaje o una situación con la cual identificarse, no faltaba el humor físico, ni el verbal, el chascarrillo inocente y la oscura ironía. Ejemplo: Homero Simpson trata de dar un consejo a Bart y recuerda el único que le dio su padre. “Homero eres tonto como una piedra y feo como una blasfemia. Si un extraño ofrece llevarte, te subes”.
Después de ese período de humor sulfúrico en contra de la religión, la ciencia, los medios, la política, integrado en relatos rítmicos, estructurados, perspicaces, la serie se convirtió en Juan Topo recibiendo un balonazo en la ingle. Los argumentos se tornaron débiles, desarticulados, triviales. Cada nuevo episodio, más que un relato orgánico, con una estrecha relación entre sus componentes para sostener una edificación narrativa, se volvió una concatenación de chistes fáciles, de repeticiones y pastelazos, incrustados sobre una floja cadena de peripecias. Las magias que hacían brillar la serie se eclipsaron al punto de que ya no parecía ser la misma.
Para ilustrar este dilema, cito una leyenda relatada por Plutarco: “El barco en el cual volvieron (desde Creta) Teseo y los jóvenes de Atenas tenía treinta remos, y los atenienses lo conservaban desde la época de Demetrio de Falero, ya que retiraban las tablas estropeadas y las reemplazaban por unas nuevas y más resistentes, de modo que este barco se había convertido en un ejemplo entre los filósofos sobre la identidad de las cosas que crecen; un grupo defendía que el barco continuaba siendo el mismo, mientras el otro aseguraba que no lo era.”
Esta vieja reflexión se conoce como “La paradoja de Teseo” y, como puede apreciarse, ilustra de maravilla el conflicto de identidad entre los dos períodos de Los Simpsons. Ahora que el canal Fox en español ha estrenado la temporada 24 de la serie, todo sigue sucediendo en Springfield, los personajes son los mismos, la música suena igual, los actores de doblaje, en la serie original, se mantienen, pero ¿siguen siendo Los Simpsons?
De acuerdo con Matt Groening, “la serie sigue siendo tan buena o mejor que siempre. La animación es increíblemente detallista e imaginativa y las historias cuentan cosas que nunca antes habían ocurrido”. Habrá quién concuerde con esta respuesta del creador de la serie. No obstante, para otros, sería más apropiado citar la siguiente frase de Homero Simpson: “Esas son historias que le cuentan a los niños, como el Coco, Frankenstein o Michael Jackson”.



Nota publicada en la edición 742


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