Fragmento de uno de los cuentos del cuadernillo ganador

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Elena abre súbitamente las piernas, las expone al aire como si de pronto, en un parpadeo, fuera a comenzar a elevarse por los aires, gracias al impulso ofrecido por el aletear de sus rodillas. Lo hace como un juego, sólo para llamar mi atención. Sabe que nunca dejaría de responder a una llamada, y que jamás, denegadamente, diría no a una iniciativa de trabajo, sin importar la hora.

Ahora mismo escucho a Ramírez al otro lado del teléfono y Elena sabe muy bien la posibilidad de acabar así la noche: sin más juegos y con un grave ardor entre los muslos.

Elena posa sus dedos sobre el canal de su vientre, lo recorre con lentitud y la luz lo hace perecer más profundo de lo que en realidad es. Sus rojos labios, siempre cubiertos de carmín, esbozan una pícara sonrisa que parece a punto de estallar en carcajada, para enseguida viajar por toda la sala del departamento, hasta repetirse en rebote por todas las paredes y llegar a la bocina del auricular.

Le hago una señal para que no reviente en risas, como siempre hace cuando jugamos en el campo amatorio. Se cubre la boca. Se queda quieta un instante, pero luego, abre sus piernas en compás y hunde sus dedos en su centro, hasta hacerlos desaparecer.

Cierra de pronto los ojos, sus enormes ojos negros, y mueve su mano entre su pubis delineado: es apenas un monte moreno con una mancha negrísima sobre los, ahora, bien mojados labios vaginales. Realiza Elena su actividad con fuerza hasta que abre su boca y emite un delicioso sonido que llega a mis oídos y logra hacerme sentir que Ramírez escucha. No es posible, pues no ha dejado de hablar y hablar y a mí ha llegado un abundante sudor y una respiración descontrolada. Recubro la bocina y me dejo caer sobre el sofá.

Entrecierro los párpados para volver a imaginar a Elena en el preciso instante en el cual arqueó el cuerpo, depuesto en la alfombra, y desde lo más inescrutable de su ser trajo el estruendo. Pero en realidad Elena yace quieta y a la vez agitada en su respiración, complacida en su totalidad.
Ramírez, sin la más leve sospecha de lo que acaba de ocurrir, me ofrece las últimas indicaciones, que deberé cumplir dentro de pocas horas.

Se escucha el clic. Desaparece la voz al otro lado del teléfono. Nada he dicho al despedirme. Guardo el tiempo en un instante, el de Elena agitada y luego estallando en pedazos. Ha logrado, como siempre, que vuelva a mí la excitación y estoy dispuesto a hacerla repetir su éxtasis.
Abro los ojos.

No está ya Elena recostada sobre la alfombra.