Fleming el narrador suplantado

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Caía un rayo de luz sobre las sombras de la casa vacía. La amplitud del espacio indicaba el origen que hacía mucho se destinaba al lugar: una sala donde las manchas en las paredes describían lo alto de los muebles, donde seguramente estuvieron los libreros de finas maderas. El haz de luz surgía —desde los techos— de un plafón y, a su vez, de una ventana: se alcanzaban a ver las ruinas de un jardín.
El encuentro de los rayos de sol era firme y daban en una pila de revistas y libros cuya humedad lastimaba la nariz. En el cúmulo de impresos había una colección, supongo que casi completa, de Selecciones de Reader’s Digest, a donde me incliné y comencé a revisar una por una. El polvo en las manos indicaba el tiempo de su estancia en la casa abandonada por los dueños. En algún momento debieron estar en perfecta línea y sin mácula de polvo: los imaginé impecablemente ordenados.
De allí extraje un número de la revista, que me llamó la atención; acababa de ir al cine a ver El hombre de la pistola de oro (1974) —era el año de 1975 y yo había comenzado a leer mis primeros libros—, y ahora estaba allí la historia escrita de Al servicio secreto de su majestad.
La vida literaria de Ian Fleming fue suplantada por el cine. Desde que surgió en las salas de cine el Agente 007 James Bond, en 1962, poco o nada se puede conseguir de la literatura de este autor. Sabemos que nació en 1908, bajo el nombre completo de Ian Lancaster Fleming. Descendiente de una familia escocesa de banqueros, Fleming tuvo una vida acomodada hasta cierta edad. Un padre estricto en lo religioso y una madre un tanto loca (después de su viudez), y con una extraordinaria herencia —no la podía gastar si se volvía a casar— que dilapidó en aventuras amorosas, dieron una extraña formación al futuro narrador.
La historia encontrada en un número atrasado de la revista Selecciones, en la casa vacía, era una aventura condensada, publicada en 1967: Al servicio de su majestad en las pantallas se había estrenado en 1969 y como libro en 1963, lo que llamó mi atención por ser el año de mi nacimiento.
En realidad toda mi generación fue a ver al cine los filmes de James Bond; sin embargo, pocos hemos leído las obras literarias de Fleming, por la falta de ediciones en español (al menos en México). En 1965 la editorial Novaro publicó una compilación de textos bajo el nombre Del archivo secreto de James Bond y que tradujo Carlos Monsiváis, una serie de once artículos relacionados con futuras obras del Bond; sólo en la red se pueden bajar algunos títulos en castellano (http://www.freelibros.com/libros/ian-fleming.html). De allí en más, quien lo ha leído completo es el escritor uruguayo Jorge Rufinelli. En Las infamias de la inteligencia burguesa, Rufinelli dedica un magnífico ensayo a la obra de Ian Fleming.
A partir de 1939, el escritor inglés trabajó durante muchos años para el Servicio de Inteligencia Naval de Inglaterra; previamente había ingresado al servicio de la milicia. Fue allí donde hizo carrera y persiguió a los nazis y, también, a los rusos. De allí provinieron sus historias. De sus trabajos en el Servicio de Inteligencia vino su ideología: “¿Quién era el Fleming de los libros, quién es el James Bond de las películas? Ya muchos han intentado contestar estas preguntas. Los rasgos principales que es preciso tener en cuenta son el racismo y el nacionalismo, es decir, cierto espíritu británico sobre el que perdura la sombra del ‘aislamiento’ victoriano, y los consecuentes sueños colonialistas y militaristas. Los villanos de las novelas aparecen reclutados entre personajes de origen balcánico, o chinos o latinos (italianos, franceses e hispanoamericanos). No hay personajes de esas nacionalidades o grupos étnicos que no le sirvan a Fleming para la conformación peyorativa del ‘enemigo’”.
Autor favorito de John F. Kennedy, “el anticomunismo visceral de Fleming —apunta Rufinelli— se refleja en su héroe James Bond en la medida en que éste es también una proyección del autor. Umberto Eco razonaba del racismo de Fleming —testifica Rufinelli— atribuyéndolo a un comportamiento primitivo, el del dibujante que señala al diablo con los ojos oblicuos o el de la madre que describe al ‘coco’ como negro”.
Eco dice del inglés: “Es reaccionario porque procede por esquemas. Un hombre que realice tal elección no es fascista ni nazi: es un cínico, un ingeniero del género de consumo”.
Ian Fleming murió en 1964, justo cuando comenzaba a disfrutar del dinero y de la fama.