Expulsados por el hambre

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En los últimos 35 años, el flujo migrante de indígenas a la ciudad de Guadalajara en busca de una mejor expectativa de vida ha ido a la alza. “Este es un fenómeno social y cultural que se viene incrementando, toda vez que hay crisis económicas en sus comunidades de origen. Una vez establecidos aquí buscan encontrar un espacio en donde se pueden insertar, pero están en una profunda desventaja social”, señala el investigador del Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades, Horacio Hernández Casillas.

El fenómeno ha sido constante, pero “las autoridades de la Zona Metropolitana de Guadalajara carecen de políticas públicas que sean suficientemente sólidas como para integrar a los indígenas migrantes a una vida digna, justa y respetuosa de sus tradiciones”, agrega Clemente Castañeda Hoeflich, diputado presidente de la Comisión de Asuntos Indígenas, del Congreso del Estado.

El gobierno del Estado de Jalisco cuenta con la Comisión Estatal Indígena (CEI), sin embargo, como refiere su director Antonio Vázquez Romero: “Somos interlocutores ante los pueblos y comunidades indígenas. La CEI asesora y evalúa programas y proyectos de gobiernos federal y estatal, y nada más es de gestión.

Agregó que “la CEI tiene un presupuesto de tres millones 797 mil, y casi el 90  por ciento se va para sueldos. Somos diez trabajadores que integran la Comisión y el 10 por ciento se va para la operatividad. Es insuficiente y ya se está trabajando con la programación del presupuesto para el siguiente año y la Secretaría de Desarrollo e Integración Social”.

Castañeda Hoeflich considera que en algunos programas hay atención a este grupo vulnerable, pero existe un gran paternalismo que algunas dependencias fomentan, y ello ha acostumbrado a los indígenas migrantes a ser sólo una parte inactiva dentro de los programas gubernamentales. Por ello, es necesario generar esquemas de reconocimiento, donde sean justamente los indígenas quienes asuman un papel activo y de esta manera se genere la autogestión.

El profesor investigador del Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades, señala que a los indígenas “falta cumplirles toda la cantidad de promesas que les hacen cada trienio cada sexenio cuando son visitados por los candidatos a un puesto de elección popular”.

Más hijos menos dinero
Programas como Oportunidades —que cuenta con más de 10 años, desde que fue creado como Progresa— se han enfocado a otorgar apoyos para reducir, principalmente, el rezago económico, educativo y de salud. Sin embargo, y en particular en las zonas indígenas, no se ha llevado a cabo una evaluación integral para ver si de verdad están obteniendo resultados, dice Alejandro Morales, médico del Hospital de Colotlán y académico del Centro Universitario del Norte.

“Un apoyo económico sirve para el rezago, pero no se ha visto que haya disminuido el atraso educativo o de nutrición, que son los objetivos principales de Oportunidades”, dice. Y agrega: “Todavía hay muchos índices de desnutrición, aquí en Colotlán en el hospital recibimos desnutridos del tercer grado de toda la región, y siguen muriendo niños por desnutrición, y aun así hay municipios de aquí que no entran en la Cruzada contra el Hambre”.

A principios del mes, en El Nayar, municipio de Nayarit, la titular de la Secretaría de Desarrollo Social, Rosario Robles, declaró que con el programa Oportunidades ya no se beneficiarán las familias con más de tres hijos, ya que la procreación se está viendo como forma de que ingrese más dinero al hogar.

Para Morales, no cabe duda que el de tener el número de hijos que se quiera es un derecho de todo mexicano, y que esto no debería ser una limitante para la entrega de apoyos. La funcionaria dijo que se implementarám también talleres de planificación familiar, que, según el médico —quien trabajó varios años en comunidades indígenas del Norte de Jalisco y de otros estados del país—, ya existen. “En la unidades médicas del sector salud dan información y pláticas. En la zona indígena se hace de la misma manera, y hay personas que deciden hacerlo, de tomar una pastilla o una inyección”.

Incluso, explica, “en la sierra, los médicos tradicionales conocen algunas hierbas que se toman para que no vaya a ver un embarazo. Es una forma de anticoncepción, por lo que esta conciencia siempre ha existido, y la gente decide si usarlos o no, o si tener un hijo o veinte, ejerciendo su derecho que ninguna autoridad tendría que delimitar y tanto menos señalar”.

En todo el estado existen más de 64 mil hablantes de una lengua indígena, según datos del Consejo Estatal de Población, basado en el último censo de 2010. Mezquitic, Bolaños, Tuxpan y Cuautitlán, son los municipios que mayormente tienen población indígena originaria, y en la Zona Metropolitana de Guadalajara hay  entre 40 o 45 mil indígenas. Asimismo, los municipios con índices de natalidad más altos en Jalisco son Mezquitic, 2.7 hijos por mujer, Bolaños y Chimaltitán 2.5, Cuautitlán de García Barragán con 2.3 hijos por mujer, localidades donde se concentran las comunidades autóctonas del estado. Asimismo, analizada por edades, la fecundidad de las mujeres indígenas, desde los 12 hasta los 60 años, se mantiene en promedio un punto porcentual más arriba de las otras.

“Las estadísticas son importantes para resumir la situación, para ver cómo vamos de forma general”, dice al respecto Morales, “pero si en una comunidad indígena este mes tengo 30 niños desnutridos y al siguiente mes todavía tengo 30, entonces estamos haciendo lo mismo. Tendría que ser así de particular el análisis, si no nos ayuda absolutamente en nada”.

Discriminación diaria
Atilano llegó a Guadalajara desde hace quince años. Procedente de la comunidad de Santa Catarina, en el Municipio de Mezquitic, se dedica a hacer artesanías de chaquira y estambre y puso su taller en un cuarto rentado en las inmediaciones de la Calzada Independencia. Dice que para ellos, la discriminación es pan de todos los días.

«Si nos ven vestidos de civil piensan ‘este es un albañil, es un chalán’. Pero si te ven con tu atuendo te tratan como inferior. Te dicen ‘indio pata rajada’, y no nomás es escuchar, siente uno las miradas que nos echan. No te dejen entrar a centros comerciales, piensan que vas a pedir limosna, o que robas, en los restaurantes piensan que vas a dejar enfermedades en los vasos, aunque uno tenga dinero para pagar”.

Ciriaco es mixteco, de  San Andrés, Oaxaca, y vive en la colonia Ferrocaril. Le gusta que le digan Yaku.  “Ne’eni, Chucho”. Así llama a su niño que suele jugar con una palita haciendo montañitas de tierra. Elabora canastas de rafia bordadas a mano y agujón. “Pero los policías nos corretean, o nos quitan la mercancía o nos exigen dinero. Si vemos un policía es el diablo”.

Rosa es una Otomí de Santiago Mezquititlán. En Santiago Querétaro dice que ganaban 40 pesos al día como jornaleros, y ahora vende papas fritas cerca del Parque Rojo. “Pero nos quitan las papitas. Los inspectores llegan y hasta se llevan toda la caja si no les damos dinero y se las tragan o nos amenazan con meternos a la cárcel”.

Historia de la migración a la ZMG
Guadalajara es la tercera zona urbana a nivel nacional que alberga mayor número de indígenas. De acuerdo con la obra De la ciudad divina a la urbe pluriétnica, del investigador Luis Francisco Talavera Durón, en la década de los 60 y 70, los indígenas que venían a Guadalajara no creaban asentamientos, sólo rentaban cuartitos de vecindad.

Pero desde hace 35 años comenzaron a crear comunidades dentro de la mancha urbana. La primera de ellas fue la colonia Ferrocarril. Principalmente mixtecos, y luego otomís aprovecharon los andenes de las vías del tren para improvisar casitas de cartón y lámina, que luego reforzaron por ladrillo, para luego convertirlas en viviendas “definitivas”.

Los indígenas comenzaron a fundar fraccionamientos en las faldas de El Cerro del Gachupín, el Cerro del Cuatro y El Colli. En los ochenta, nacieron las colonias Guayabitos, Arroyo de las Flores y Lomas de Santa María y finalmente San Sebastianito, Las Juntas y Las Juntitas. Y el fenómeno ha continuado en incremento. Y en casi todas se repite el mismo patrón: ausencia de servicios públicos, trazos deficientes en la forma en que se estructuraron las calles, casas de materiales frágiles y hacinamiento.

Actualmente hay más de 30 colonias con presencia indígena. Como parte de la tradición, los migrantes tienen la costumbre de instalarse en el mismo barrio, donde ya vive su etnia.

“Generalmente no han sido los primeros en establecerse en este proceso migrante, y buscan a quienes ya lo hicieron para entablar redes de colaboración con ellos y así se forman las comunidades indígenas”, expone Horacio Hernández Casillas.

Por ejemplo, en la colonia 12 de Diciembre de Zapopan,  en la calle San Juan y San Pablo, viven purépechas de San Isidro, municipio de los Reyes, Michoacán; los chiripios (mestizos michoacanos) en las calles San Judas y San Miguel; los jarochos en San Gabriel y San Marcos, y los mazahuas llegan la calle San Silvestre.

De su etnia depende a veces el oficio que realizan. Los purépechas son carpinteros y tianguistas; los  otomiés son artesanos y vendedores ambulantes; los mixtecos y triquis también venden artesanías o forman bandas musicales, las nahuas suelen emplearse como trabajadoras del hogar; los totonacas como obreros y los wixárikas  en el comercio y la artesanía.