El voto como bienestar

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    Con la formulación del estado liberal en Occidente, efectuada, de manera aproximada, con la caída del imperio romano en el siglo IX d.C., comenzó a perfilarse en el ambiente social un personero que demandaba su presencia en el escenario, sin estar sujeto a una corporación o grupo para su realización.
    Este corporativismo dominó la forma de hacer política durante varios cientos de años. Con el tiempo, y después de revoluciones civiles y cruentas guerras, fue demandada de forma directa la participación del individuo como ciudadano que exigía y era emplazado a tener obligaciones y derechos.
    Hoy el individuo-ciudadano con derechos y obligaciones aceptadas tiene como marco de acción leyes que le protegen y ayudan a realizarse en armonía con la sociedad.
    Sin embargo, es el caso que en su hacer diario, la clase política, muchas veces está inmersa en acciones ilegítimas o ilegales, que no solo devalúan los derechos y obligaciones de cada individuo, sino que con su conducta fuera de la ley que dice promover, violenta la estructura e imposibilita la realización del hombre, de manera que lo reduce a ejercer un derecho que, al final, es el más importante de todos por su significado: el derecho al voto.
    Este reduccionismo del ejercicio del derecho al que es orillado el ciudadano suele generar incertidumbre, frustración y desconcierto en la estructura que fue construida para su bienestar. Como rechazo, se abstiene de ejercer el único derecho que tiene permitido y que no ve como tal, con lo que desvanece sus otros derechos y obligaciones.
    El ejercicio del voto bajo compromisos ajenos a su realización frustra al ciudadano como tal y lo convierte, por definición, en algo irreal. En esa imposición, el derecho ciudadano es transformado en letra herida de muerte, en palabra hueca, en sonido de voz que suele ser conocida como demagogia en quien lo expresa y en quien no protege la emisión del voto en un sano ejercicio de libertad.
    La clase política que pide nuestro voto no necesariamente garantiza ejercer el único derecho al que, como ciudadanos, nos han arrinconado.
    Pero su práctica demanda que dimensionemos su alcance, y al respecto es conveniente preguntar quién y qué proyecto social posibilita que el ejercicio del voto esté próximo a la aspiración de bienestar del votante.
    El proceso electoral para cambio de presidente de la república inicia de forma aparatosa. ¿Por quién, para qué y desde dónde votar? ¿Qué obligaciones contraemos al ejercer nuestro sufragio y a qué más aspiramos cuando practicamos ese derecho?
    Estas son algunas preguntas que conviene empezar a discutir como ciudadanos que nos sabemos marginados del conjunto de derechos que nos darían bienestar, como son el derecho a la educación, la salud, la vivienda, el trabajo… y que tienen como sustento el ejercicio del voto.

    Profesor Roberto Pérez Jiménez,
    Preparatoria regional de Tuxpan.