El vertedero armónico

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El barrio de Cateura es uno de los más pobres de Paraguay. Está asentado al lado de uno de los mayores vertederos de basura en América del Sur, que se halla a unos cuarenta minutos de la capital Asunción. Ahí ha nacido la Orquesta Reciclada de Cateura, en la que sus integrantes —los niños y adolescentes de la comunidad— tocan con instrumentos construidos con materiales de desecho. Su director, Favio Chávez, tiene una convicción que alimenta su entusiasmo y transmite a su agrupación y a quienes los escuchan: “El mundo nos envía basura. Nosotros le regresamos música”.

Con ello surgió una historia de vida pero también de cine, y así se realizó el documental Landfill Harmonic (2015), que se proyectó en esta edición 31 del FICG, dentro de la sección Film4Climate en la Alianza Francesa.

La idea de la orquesta nació porque Favio Chávez —un técnico ambiental, pero también músico— llegó en un principio a buscar a los trabajadores del vertedero para tratar de cambiar su mentalidad. Sin embargo terminaría dando clases de música para los hijos de ellos como parte del programa Sonidos de la Tierra, creado por el compositor y director Luis Szarán, que promueve la educación musical en las comunidades rurales para crear capital social y reducir la pobreza. Como no se pudieron conseguir suficientes instrumentos para tantos niños, se crearon los suyos con basura: tubos, tablas, monedas, llaves, tenedores, cucharas, latas, e incluso viejas radiografías como parches de percusiones, todo con ayuda de un reciclador de la zona con dotes de laudero.

En entrevista, la productora ejecutiva del documental y fundadora del proyecto, Alejandra Amarilla (quien es paraguaya), recuerda que ella había estado viviendo en Estados Unidos y quiso volver a su país para crear conciencia social de los problemas que vive, y así dio con la orquesta, hacia 2009.

Entonces fue que se puso en contacto con la codirectora de la cinta y productora colombiana, Juliana Peñaranda-Loftus, para comenzar a filmar en 2010. El documental —también dirigido por Brad Allgood y Graham Townsley—, hace un juego de palabras con su título en inglés, ya que su traducción literal sería vertedero armónico, y que a la vez suena como philharmonic.

Juliana dice que el rodaje siguió el proceso de desarrollo de la orquesta, vivenciando su cambio personal y musical. En 2011 se subió el teaser a las redes sociales, y entonces hubo interés mundial e invitaciones para que los chicos tocaran en diferentes países.

Pero más allá de la fama de los niños o la cinta, Juliana señala algo menos efímero, porque “desde que empezamos a filmar ha cambiado la mentalidad de los padres, que al principio no entendían por qué se hacía la agrupación y la filmación, ahora saben la importancia de la educación y la cultura en la comunidad. Ha hecho a los niños más responsables, más comprometidos, deben enseñar a otros niños, ya no hay un sentido individualista sino de comunidad”.

Actualmente, en Cateura se construye una escuela de música para más de trescientos niños. Alejandra dice que el cambio ha empezado: los niños y jóvenes piensan ahora en estudiar, en ir al Conservatorio, y con la orquesta incluso ha mejorado la economía del lugar.

El documental, que ya ha estado en más de ciento cuarenta festivales en el mundo —desde que en marzo pasado se presentara en el festival de South by Southwest, en Austin, Texas—, se debe dar a conocer sobre todo en Latinoamérica —dice Juliana—, porque la gente está acostumbrada a “lidiar con la pobreza, pero hay que demostrar que no es algo normal, que debemos cerrar el ciclo de ella, que no es fácil, pero que a través de este tipo de programas en que se trabaja con la comunidad y se educa, se puede”.

Alejandra cree que la gente se tiene que relacionar con la filosofía de Favio, que habla de la transformación con la música, la cultura, y dar oportunidades a las personas, para replicarla en otras partes del mundo: “La gente que había visto la película dice que en otros lugares, como en Cateura, un proyecto así podría ser exitoso, para así ayudar a los niños con el arte a expandir su mente, y darles una chispa”; sin embargo, también a los países primermundistas —que no tienen eso— les crea conciencia, ya que “ahora todo es descartable y consumista, y es una realidad muy diferente a lo que ellos viven”, así que “les da una base humana, y los ha inspirado a ayudar”.