El rock a las alcantarillas

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De Avándaro al Hell and Heaven Metal Fest, pasando por el Tlajomulcazo, históricamente los poderes establecidos han ejercido la censura, y en el peor de los casos la represión, contra las expresiones musicales que para el stablishment no son convencionales. Peor aún es si estas congregaciones masivas tienen que ver con el Heavy Metal.

“¿Aún existe la inquisición?”. Así se titulaba la inserción publicada por los empresarios de Plustar Producciones en 1989 en el fanzine “Banda Rockera” y que confirmaba la cancelación de un concierto de Black Sabbath, programado para el 28 de octubre de ese año en el Estadio Nou Camp de León, Guanajuato.

“A sólo unas horas de celebrarse el toquín, las autoridades leonesas con toda la arbitrariedad y prepotencia decidieron suspender el evento, sin importarles los preparativos, pérdidas, público, ni nada. ¿La razón? ‘Black Sabbath es un grupo satánico’”, decía el desplegado.

Enclavado en el bastión del puritanismo religioso, el gobierno de Guanajuato revocó los permisos, argumentando que temían por la seguridad de la multitud.

Es inevitable el paralelismo de ese pasaje, con lo ocurrido en el 2014, hace pocas semanas, cuando las autoridades del Estado de México prohibieron que se realizara, en la Feria de Texcoco, el Hell and Heaven Metal Fest, un evento que a pesar de que tuvo fallas de organización y logística durante sus primeras ediciones, ponía a la escena metalera mexicana al mismo nivel que la europea.

Las autoridades encontraron riesgos para la seguridad cuando faltaban escasos quince días para el evento, en lugar de plantearlos desde hace ocho meses, cuando se anunció el Festival y aún había tiempo para subsanarlos.

“Es mi deber proteger a la ciudadanía, yo no voy a arriesgar a quienes eventualmente podrían asistir a este concierto”, declaró el gobernador Eruviel Ávila el pasado 6 de marzo. Pareciera una calca de lo ocurrido en 1989.

En ese año y en 2014 los organizadores buscaron una sede alterna. En ambos capítulos, a dos días del concierto, se oficializó la cancelación definitiva. La furia de la comunidad metalera y la solidaridad de otras escenas no se hizo esperar en redes sociales. “Hemos regresado al díazordacismo”, dijo un fan.

El pecado de Avándaro
La imagen de una chica que de forma arrebatada se quita la blusa y deja ver sus tetas ante una turba de greñudos ilustraba la tapa de  la revista “Casos de Alarma!” en su edición 5889 del 24 de noviembre de 1971.  El titular sentenciaba: “Avándaro: el Infierno”. Desde entonces, el gobierno prohibió este tipo de conciertos.

Parecía que la penitencia del rock mexicano por el pecado original de Avándaro estaba superada. Pero 40 años después la polémica revivió con la prohibición del Hell and Heaven.
El  Festival Rock y Ruedas, realizado en 1971 en esa ciudad del Estado de México, fue reseñado por medios impresos y televisivos como una orgía gigantesca entre ríos de alcohol y nubarrones de mariguana, al ritmo de melodías “diabólicas” de grupos como Dug Dug’s, Tequila, Tinta Blanca, La Fachada de Piedra y Three Souls in My Mind.

Desde entonces, el rock en México fue condenado a refugiarse en las alcantarillas. “Las buenas conciencias del país se rasgaron las vestiduras”, escribió José Agustín.

La televisión y el radio no programaban rock. Las guitarras estridentes derramaban el fermento de su llanto en baldíos, patios, bodegones, o de plano en la calle. El pelo largo o las crestas punks eran garantía de represión policial.

El recuento de estos episodios es amplio. El gobierno de la Ciudad de México encabezado por el regente Ernesto Uruchurtu, prohibió que The Beatles tocara en la capital el 28 de agosto de 1965. A The Doors, en 1969, se le impidió presentarse en la Plaza de Toros, aunque Jim Morrison se salió con la suya al cambiar la sede al club Forum de los hermanos Castro.

Todavía en los noventa, Molotov vendía sus discos en la calle como ambulante, pues las tiendas se rehusaban a comercializarlo por el típico Chinga tu Madre de sus canciones. Y en 2002, cientos de jóvenes fueron reprimidos por la policía estatal de Jalisco durante una fiesta rave de música electrónica en Tlajomulco.
 
El metal: el más oprimido
En esta historia de inquisición, el Heavy Metal sigue llevando la peor parte. Además del caso de Black Sabbath en León, el grupo mexicano Luzbel también ha tenido que cancelar sus presentaciones en varias ciudades de provincia. En Guadalajara, el fantasma de la censura intentó asomarse en el concierto de Quiet Riot en 1984, ante el rumor de que la temida banda de “Los Panchitos” se trasladaría a tierras tapatías. Y en Estados Unidos, el régimen de Ronald Reagan intentó prohibir esta música y artistas como Judas Priest o Marilyn Manson han sido acusados de incitar al suicidio o a la violencia.

El Metal asusta a la “gente decente”, es objeto de mofa entre nuevas generaciones y menospreciado por críticos musicales que lo catalogan como un subgénero menor. “Muchas bandas de este estilo ni siquiera son tomadas en cuenta para entrar al Salón de la Fama del Rock”, suele criticar el periodista especializado Eddie Trunk, famoso por el programa That Metal Show.

“Somos la generación perdida de la gente que no encaja”, dice Dave Mustaine, líder de Megadeth. “Es la única salvación para los chicos rechazados”, secunda Bruce Dickinson, cantante de Iron Maiden. “Es Anarquía”, abrocha Blackie Lawless de W.A.S.P.

A pesar de las agresiones, este género sigue movilizando masas y los metaleros presumen ser el público más fiel.

“El punto de ignición sigue siendo la lucha contra la sociedad, sigue siendo rockear, ser irritante, hacer enfadar a la gente. Y te defiendes, pateas, golpeas, arañas, atacas… todo con Heavy Metal”, dice Rob Halford, vocalista de Judas Priest.