El mortal vicio de hacer cine

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Toda obra humana es deleznable,
pero su realización no lo es.
Thomas Carlyle

La lista de sus películas es larga. Aquí unas cuantas: Principio y fin, La perdición de los hombres, La reina de la noche, El imperio de la fortuna, El castillo de la pureza, Cadena perpetua, La tía Alejandra, Profundo carmesí, Así es la vida y El lugar sin límites. La sobrada lista de películas que ha filmado Arturo Ripstein desde 1965, año en que debutó con Tiempo de morir y con un guión coescrito por Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes, todavía no termina. Se trata del más prolífico cineasta mexicano en los últimos cincuenta años. Y quizá de toda su historia. Aunque desde niño supo que su destino sería el de cineasta (hijo de productor, al fin), no fue sino hasta ver Nazarín de Luis Buñuel que tuvo la certeza en la mano: “Fue para mí un shock tremendo y me hizo decidir, ya en definitiva, a los trece o catorce años, que quería ser director de cine”, le dijo a García Riera en el libro Testimonios del cine mexicano.

Miembro y gestador del grupo Cine Independiente de México hacia finales de la década de los años sesenta, al lado de Felipe Cazals, Tomás Pérez Turrent, Rafael Castanedo y el escritor Pedro F. Miret, Ripstein posee un lenguaje propio al momento de filmar. Una de sus principales premisas es contar: “Filmo para contar cuentos. Estoy convencido de que no se debe elegir una historia sobre otra porque es más útil o más importante”. Es un cuenta-cuentos fílmico. Si se pone un poco de atención en la trama de sus películas, ésta transcurre como si alguien contara. Si en sus inicios Ripstein apostaba a hacer un cine con más intuiciones que ideas, como es natural en quien inicia, tras unas decenas de filmes encima hoy ya no le importa si sus películas se estrenan o no, sobre todo en un medio donde terminar un filme constituye más que una odisea, o una odisea, pero de ida y vuelta.

No obstante que Buñuel lo tomara bajo su tutela y le permitiera trabajar de chícharo mientras filmaba El ángel exterminador, Ripstein rescata esto, por encima de todo, de su relación con el cineasta español: “No me enseñó técnica de cine; en cambio aprendí de él que las mejores películas eran aquellas en las que uno no traicionaba sus más íntimos principios. Me mostraba películas, platicaba conmigo”, escribe el mismo Ripstein en un pequeño esbozo autobiográfico en el libro Testimonios del cine mexicano. Arturo Ripstein habla de su cine con Emilio García Riera (1988).

Un pequeño o gran empujón para un cineasta que por esos tiempos jugaba, como muchos directores, a ser Antonioni o Chabrol, el primero artífice del neorrealismo italiano y colaborador de Rossellini y el segundo un destacado miembro de la Nouvelle vague francesa.

Ripstein es un sobreviviente del cine
En México sabemos que la cinematografía es un ente que pasa por más tiempos malos que buenos. Ripstein, en este sentido, puede jactarse de haber filmado en las últimas cinco décadas, una cosa por lo menos valiente y, quizás, impensable, dadas las condiciones económicas y sociales del país.

El filón del llamado nuevo cine mexicano no pasó por sus manos, porque sus películas no encajaron en esa tendencia —no lo quiso de ese modo—; fue un marginal de ese contagio pero, en el fondo y al mismo tiempo, un creador de ello. Es un director tesonero, a veces insensato, y que le ha dado al cine mexicano por lo menos una decena de buenas películas.

“Arturo Ripstein es una isla errante, paseando un México sin esperanzas como souvenir para un mundo caníbal”, escribe Gustavo García. Es uno de esos tipos que, como se dice coloquialmente, “se mueren con la suya”.

“Una pregunta terrible que me hago antes de empezar a filmar una película es, ¿para quién la hago? —continúa Ripstein en esa pequeña autobiografía—. El público mayoritario que consume el cine comercial local, no ve mis películas.

El otro público —más elitista y educado—, que consume el cine de la hegemonía, se jacta incluso de no ver cine mexicano”. Ahí uno de los grandes problemas de que nuestro cine carezca no sólo de incentivos para su producción, sino de espacios para su proyección y de acogida por parte del público cinéfilo en el país: la vieja letanía de un arte que aquí no es industria. Y no obstante que todo ello pueda inscribirse en la tradición de los vencidos, esa que reza que las cosas siempre pueden empeorar, Ripstein lo tiene claro: “Filmar es… como un vicio mortal… algo misterioso, algún demonio me impele, me obliga a seguir filmando”. Aunque sea por el puro gusto de trabajar el oficio.