El humanismo de Hume

    1889

    En este año se cumplen 300 años del nacimiento del filósofo escocés David Hume, por lo que el Sistema de Educación Media Superior conmemora al pilar de la filosofía moderna y contemporánea, al denominar con su nombre a la convocatoria del XII Concurso de ensayo filosófico.
    La riqueza del pensamiento de Hume resulta acertada para un evento de esta naturaleza, porque el prolijo trabajo del británico nos permite comprender que la amplitud del espectro filosófico no puede reducirse a temáticas de “superación personal”, que centran su atención en tratar, con arrebatos pasionales, temas como la vida, el amor o la utilidad. Es decir, la reflexión filosófica, al centrarse en las inquietudes intelectuales de los hombres, nos lleva a movernos por los senderos del arte, la ciencia, la política, la moral, la teología, la cultura o la justicia, y todas estas temáticas fueron abordadas en distintos momentos por el autor de las Investigaciones sobre la moral.
    La tesis central del humanismo humeano, me atrevo a sintetizarla en los siguientes términos: si las diversas impresiones y representaciones que tenemos acerca de la realidad (en ciencia, sociedad, arte o religión) son fenómenos que se manifiestan en la conciencia del hombre, entonces el punto de partida de la investigación debe surgir de la comprensión del hombre; de sus pasiones y formas de comprender, representarse y actuar en el mundo. Prueba de lo anterior es la inclusión en sus tratados de la noción de humanidad. “Aun las matemáticas, la filosofía natural y la religión natural, de alguna manera dependen de la ciencia del hombre, ya que se hallan bajo el conocimiento de los hombres y son juzgadas por sus poderes o facultades” (Tratado de la naturaleza humana, 1734).
    De la evidencia de que por el intelecto humano atraviesan nuestras formas de interpretar y actuar el mundo, no se sigue que la comprensión del intelecto humano sea un camino infalible para entender los misterios que enmarcan la realidad, antes bien, el estudio del proceder de la inteligencia humana llevó a nuestro filósofo a reconocer las limitaciones del intelecto en su incansable búsqueda de la verdad.
    En este sentido las investigaciones de Hume tomarán como eje de reflexión al hombre en una doble naturaleza: como ser de sensaciones y como ser de razones. En otras palabras, las imágenes que los hombres tienen acerca de la realidad surgen de dos fuentes distintas: de nuestra interacción con las cosas y del uso de la razón.
    El reconocimiento de esta dualidad de motivos del intelecto, aunque insignificante en apariencia, tiene consecuencias desconcertantes si lo analizamos con cuidado. En primer lugar, si una de las fuentes de nuestro conocimiento es la experiencia individual o nuestras sensaciones, entonces, dado que no puede haber dos sujetos que tengan las mismas experiencias, resultaría imposible decir algo con absoluta certeza acerca del mundo físico o social. Cualquier predicción que hagamos solamente es el fruto de la repetición de fenómenos a los que nos hemos acostumbrado que ocurran con cierta regularidad. Si digo que mañana veremos el Sol, es simplemente porque estamos acostumbrados a ver el Sol todos los días, pero no tengo ninguna razón para negar que pueda ser de otra manera.
    Si, por el contrario, pretendemos hacer descansar nuestras certezas en la razón, pronto nos daríamos cuenta que ésta no se corresponde con las representaciones que hacemos del mundo físico o social. Es decir, una ecuación matemática la aceptamos como válida en tanto que no implica una contradicción; cuatro más tres siempre será idéntico a la mitad de 14, pero, ¿cómo podría corresponderse la racionalidad lógica o matemática con las representaciones que hacemos del mundo material? O ¿qué utilidad aportan a nuestro saber la lógica y las matemáticas si no pueden decirnos nada acerca del mundo real?
    Resulta evidente que las reflexiones de Hume conducen a afirmar que es imposible que los hombres podamos tener algún tipo de certeza. Esta forma de interpretar los alcances de la inteligencia humana es reconocida con el nombre de escepticismo y no cabe duda que nuestro filósofo es uno de los principales representantes de esta forma de pensar.
    El escepticismo de Hume, más que representar una resignación ante la búsqueda del saber, se constituye como un reto por resolver en la ciencia, la moral y la filosofía actual. Desde el punto de vista científico implica el reconocimiento de las limitaciones del intelecto humano y la búsqueda de estrategias para encontrar saberes, si no con certezas últimas, al menos más confiables.
    Desde el punto de vista moral el derrotero consiste en generar puntos de vista confiables que permitan encontrar acuerdos entre puntos de vista distintos y, desde la perspectiva filosófica persiste la inquietud de comprender las motivaciones y limitaciones del hombre en la eterna búsqueda de certezas.