El arte de vestir a los catrines

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    El torso de un maniquí forrado de tela grisácea, a la entrada del local, ha portado decenas de sacos de lana, cachemira, gabardina, y paño. Don Roberto Reyes puntea de gis un trozo de tela recortada. Sus ágiles manos toman, sin lastimarse, los alfileres.
    Detrás de él, varios muestrarios ofrecen una variedad de texturas para los pantalones, faldas y sacos que confecciona desde hace más de 50 años. Muchos clientes prefieren las telas importadas. Las italianas e inglesas son las preferidas, por la calidad de tejido y el colorido que las caracteriza. “Pero también hay unas hechas aquí que son buenas, pero eso ya depende de cada persona”, asegura.
    El oficio de sastre lo heredó de su papá y su tío. Ellos elaboraban los trajes y fracs a lo mejor de la aristocracia de finales del siglo XIX, en esa época en que era prácticamente imposible encontrar almacenes con ropa hecha. Entonces, vestir bien era sinónimo de respeto y admiración. La Guadalajara de las rosas se engalanaba con los catrines que se paseaban de traje y bombín por sus calles los domingos, en las fiestas patrias o en las celebraciones santas.
    Con una sonrisa en el rostro y una mirada vivaz, presume que aún tiene por clientes a algunos de los empresarios más conocidos de la ciudad. Sus esmóquines han sido admirados en las bodas, bautizos, primeras comuniones y graduaciones “más ‘chipocludas’ del país”, bromea.
    “Muchos clientes quedan contentos y me platican después que les chulearon su traje y hasta que les preguntaron dónde lo compraron”. Un conjunto de saco y pantalón cuesta desde unos tres mil pesos, según el tipo de corte, diseño y el material que sea utilizado y puede estar listo en unos 15 días. Es común que don Roberto pida al cliente hacerse pruebas para que las prendas les ajusten a su medida. “Eso es lo ideal, para que no quede ni muy rabón ni muy largo”.
    Un buen traje sastre debe llevar forro, botones de metal, cuello reforzado con fieltro o pañete, ojales casi imperceptibles, hilo resistente y una tela de más de 100 hilos.
    En su taller, don Roberto todavía utiliza la vieja máquina de coser con pedal fabricada en bronce, en la que su padre cosió miles de prendas, aunque no desprecia una buena puntada hecha a mano. Un buen sastre empieza por eso… y también por saber cortar la tela. “Yo aprendí a los 14 a cortar, a hacer bastillas. Mi tío era bueno cortando y de él aprendí mucho. Si uno no sabe eso difícilmente tendrá una buena pieza”.
    Pero en esta era de la globalización, pocos en la ciudad se interesan por la sastrería, menos por la que no tiene nombres franceses o ingleses. Confeccionar un traje no tiene el mismo valor que antaño. Las tiendas con nombres extranjeros se han comido a ese centenar de hombres que dejaban su vista y sus manos en una pieza de vestir.
    Basta ir a las plazas comerciales y detenerse en los aparadores: son cada vez más comunes que ofrecen promociones en las que el cliente puede elegir dos o hasta tres trajes o piezas iguales, a la mitad de precio que los vende don Roberto. “Ya hay mucha competencia de ropa hecha. La gente prefiere ir a las tiendas, probarse la prenda y pagarla a meses sin intereses y contra eso no podemos hacer nada”.
    El gremio de sastres se redujo. Se está extinguiendo, acota don Roberto. Casi todos permanecen en sus pequeños talleres en las colonias más céntricas de la ciudad, donde la tradición los fue dejando. El directorio abarca apenas un pequeño espacio de la sección amarilla. Muchos de sus colegas ahora manejan taxis o tienen puestos callejeros. No hay trabajo, ya. Apenas quedamos unos 20 o 25. “¿Antes? ¡Nombre! Antes había casi un sastre en cada cuadra”.
    Él ha sido uno de los pocos que ha salvado el negocio, aunque sus antiguos clientes lo frecuentan cada vez menos. “Muchos se han jubilado y ya no visten de traje. Vienen a platicar conmigo, pero nada más; aunque por lo que oigo, tampoco tendrían con qué mandarse a hacer un saco o un pantalón”.
    Una manera de subsistir ha sido incluir en sus servicios la compostura de ropa. Así, don Roberto conserva viva una tradición que se resiste a morir.
    “Uno de mis hijos me ayuda. Le he enseñado y es bueno. Es la forma que tenemos de que este oficio sobreviva”.