Distopia de los ochentas

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El próximo estreno de la película Mad Max: Fury Road (2015), del director George Miller, no sólo vuelve a colocar en la mira a esta historia que inició en el ocaso de la década de los setenta, sino que ratifica al cyberpunk como un subgénero de la ciencia ficción atractivo y recurrente para distintas manifestaciones, en particular, aquellas que tienen una estrecha relación con una visión contracultural. 

Max Rockatansky, personaje que fue interpretado por el actor estadounidense Mel Gibson en las tres primeras entregas (también dirigidas por George Miller), está actualmente a cargo del británico Tom Hardy. La precuela de Mad Max nos sitúa otra vez en una distopía, en un escenario postapocalíptico, en donde el principal rasgo es una sociedad fragmentada y fuera de orden, algo que hace de esta película un nuevo referente para el cyberpunk.

Es precisamente la desintegración social, la anarquía, la principal fuente de creación de la cual se alimenta el cyberpunk: el cine, la música, la literatura y el cómic, tienen en este subgénero una especie de oráculo que nos advierte de escenarios sociopolíticos oscuros, sumergidos en una catástrofe, casi siempre derivados de tendencias o situaciones actuales.

La distopía, su concepto, ha funcionado de distintas maneras para anunciar los peligros de la ciencia y la tecnología. Gaston Berger, filósofo francés y una de las figuras reconocidas dentro de la fenomenología (el estudio del mundo respecto a determinada manifestación), señala: “Prever una catástrofe es condicional: es prever lo que ocurriría si no hacemos nada por cambiar el curso de las cosas, y no lo que ocurrirá de todas maneras. Ver un átomo lo cambia, mirar un hombre lo transforma, ver el futuro lo cambia todo”.

Acuñado con precisión en la década de los ochenta, el término cyberpunk posee ese enfoque distópico sobre el futuro, una perspectiva en donde se conjuga la tecnología y el caos social. Los escritores Pat Cadigan, Bruce Sterling y William Gibson, este último considerado por muchos el padre del subgénero —en especial por la novela Neuromante (1984)—, son figuras que tienen en común esa visión de desconcierto sobre el futuro. En síntesis, el vínculo entre cyberpunk y distopía es una advertencia de cómo puede llegar a formarse una “sociedad” si no transformamos o eliminamos las tendencias del presente.

Blade Runner (1982), del cineasta británico Ridley Scott, es la obra maestra del cyberpunk que alcanzó a redefinir el rumbo de la ciencia ficción. La confrontación entre Rick Deckard, interpretado por Harrison Ford, y Roy Batty, a cargo de Rutger Hauer, simboliza de la manera más poética la batalla de supervivencia entre el humano y el replicante.

Basada en la novela de Philip K. Dick Do Androids Dream of Electric Sheep? (¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?), Blade Runner posee una de las escenas finales más memorables y perturbadoras del cine de ciencia ficción. Roy Batty dice a Rick Deckard: “Es toda una experiencia vivir con miedo, ¿verdad? Eso es lo que significa ser esclavo. Yo he visto cosas que no creerías. Atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto Rayos C brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas de lluvia. Es hora de morir”.

El cyberpunk tiene en el cómic otro de sus terrenos fértiles. Akira, un manga escrito y dibujado por el japonés Katsuhiro Otomo, fue un trabajo que contribuyó en el desarrollo de las historietas de la década de los ochenta. Situado en 2019, en un escenario a punto de la devastación total, el manga muestra el control represivo que ejerce el gobierno de una Tokio futurista. Grupos extremistas y sectas religiosas, que se aprovechan del desconcierto social, difunden el mito de un niño (Akira) quien, a manera de mesías, traerá prosperidad y el inicio de una nueva era.     

Las visiones sobre el futuro y el ejercicio de intentar descifrar lo que ocurrirá, significan una de las mayores inquietudes del ser humano. En alusión al cyberpunk, Maura Devereux, escritora estadounidense, preguntó al escritor J.G. Ballard en 1990: “¿Crees que a partir de temas en constante evolución, relacionados con la sociedad, el futuro y los distintos paisajes mediáticos, el hombre podrá acceder finalmente a otro tipo y entendimiento del mundo que lo rodea?”
J.G. Ballard contestó: “Claro, doy por sentado que sí, imagino que eso va ocurrir. Creo que es un proceso que se ha puesto en marcha desde hace bastante tiempo. De hecho, esa es la historia del siglo XX: el aprovechamiento de la tecnología, puesta al servicio de una nueva forma de percepción y una nueva forma de conciencia. Ya se sabe, la invención de la imprenta, la fotografía, el cine, la televisión, el video… todos estos dispositivos son un medio para ampliar la conciencia, para desmantelar y luego volver a montar los contenidos de la conciencia en configuraciones totalmente nuevas”.

Los principios del cyberpunk también tienen un fuerte lazo con la música: Ministry y Skinny Puppy, agrupaciones cargadas de sonidos abrasivos, son un modelo sugerente de la influencia que posee la descomposición social como tema de creación.

En el caso particular de la banda canadiense Skinny Puppy, la proyección de imágenes de experimentación genética, particularmente de animales, acompañada de letras que funcionan como manifiestos subversivos y electrónica corrosiva, funcionan como elementos que envuelven sus presentaciones en directo. La propuesta musical del grupo encabezado por Nivek Ogre es más una condena a este tipo de prácticas, es por esta razón que resulta irónica la utilización que hizo el gobierno de Estados Unidos de su música como una tortura para los presos del centro de detención de Guantánamo, situación que el grupo condenó en su totalidad.

Respecto a esta “distopía sonora”, si así pudiéramos llamarla, el periodista y escritor Simon Reynolds comenta: “Los grupos de cyberpunk invariablemente abordan tópicos antihumanistas: abyección extrema, obsesión, trauma, atrocidad y posesión, elementos que socavan la confianza del humanismo en la conciencia y en la voluntad individuales para convertirnos en sujetos de nuestras vidas y trabajar juntos por el progreso general de asuntos comunes. Existe una creencia ampliamente extendida de que la belleza y la armonía son artificios, en tanto presentan una visión burguesa fundamentalmente equilibrada y ordenada de la naturaleza y de la sociedad. Y de que tenemos la obligación de exponernos al ruido porque éste nos muestra la verdad sombría de la realidad”. 

Así, el cine, la música, la literatura y el cómic, funcionan de distintas maneras como medios para expresar y difundir las ideas de un mundo en cataclismo, de un mundo próximo o no demasiado lejano en dirección al caos. La premisa es develar aquello que intentamos en muchas ocasiones arrinconar o pasar por desapercibido en la realidad, sin darnos cuenta que esa misma realidad inmersa en este tipo de problemáticas muestra una parte de quienes somos. Es por ello que la ciencia ficción, el cyberpunk como un subgénero que nos conduce por ese futuro amenazante, parece intentar alertarnos antes de que todo esté fuera de control.