De trillizas premios y un triste deceso

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Sobre La paz, antes de llegar a Díaz de León –la otrora Tolsá–, se encuentran casi fantasmales las salas Lux. Feo, sucio y prácticamente cayéndose a pedazos, este recinto cinematográfico parece uno de esos héroes anónimos en vías de extinción dentro de un mundo donde los verdaderos héroes salen en las portadas de revistas, se visten con trajes Armani y todos desean ser como ellos, cueste lo que cueste, y cuesta mucho. Como sea, el héroe anónimo sigue al pie del cañón, sacando pecho bien chicho y mirando con justificado desdén a la maquinaria fílmica de las producciones comerciales, o llamémoslas mainstream, digo, pa’sonar bien acá. Junto con el Cineforo, los Cinematógrafos (1 y 2) y la videosala del ex convento del Carmen, son los únicos lugares en Tapatilandia (que según la UNESCO es la ciudad más destruida del planeta sin necesidad de conflictos bélicos. Incluso se dice que 80 por ciento del patrimonio cultural tapatío ha sido destruido en pro de la era moderna y bla bla bla), donde aún se privilegia al cine de arte, de autor, de culto; en fin, ese cine que se hace como lo sueñan los autores y no como los productores ordenan, quienes solo ven en este un negocio y bueno, bye. Ahí, en el Lux, la semana pasada vi una extraña, interesante y casi surrealista película animada, Las trillizas de Belleville (Las tripletes de Belleville, Canadá / Bélgica, 2003). Una cinta que, admito, al principio dije, “chale, no estoy para estos rollos”, pero que al chico rato me atrapó con su universo, estilo y ritmo sui generis, cayendo rendido a sus celuloidicos pies. Un filme imaginado, escrito y dirigido por Sylvain Chomet. Nada sé de él (o ella), pero lo imagino como un verdadero músico, poeta y loco. Porque hay que ser loco, poeta y músico para haber hecho lo que hizo. La abuela, su nieto y el perro son los protagonistas e hilos conductores de una historia más allá del lugar común, cuyo diálogo literalmente brilla por su ausencia. Entre una realidad atroz y la fantasía surreal, desde el Tour de Francia de los años 50 a la gesta heroica, el peculiar trío se embarcará en una aventura imposible, de Francia, hasta una ciudad llamada Belleville, misma que se parece harto a Nueva York. Todo sea, dicen aún a coro la abuela necia, aunque decidida, y el perro, insaciable pero simpático, por alcanzar al ciclista secuestrado. Y qué decir de las trillizas, sus renacuájicos gustos, su creación musical del tipo Les luthiers. Todo bajo una estética sin igual, que homenajea desde su voz propia al cine de animación en general (y hasta lo supera), demostrando que la prioridad es el arte. Sí, puede que se sientan como el señor Pacheco, pero bien vale el cigarro de asombro.

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Bueno, ya está, tranqui. Olvídenlo y a otra cosa. El mundo no puede dejar de funcionar, la gente no puede dejar de soñar, la vida no puede dejar de vivirse solo porque Brad Pitt y Jennifer Aniston, hasta hace unos pocos días la pareja modelo de Hollywood, dieron oficialmente por terminado –mediante sus respectivos personales portavoces de prensa– su matrimonio perfecto. Pero, vamos, hay cosas realmente más estúpidas y banales que resultan sin embargo más importantes que la vida de dos estrellas del cine (bueno, más él que ella, sin duda) que, de eso estoy seguro, tampoco tienen la culpa de la telenovela virtual que se desarrolla allá afuera, en el mundo real al que han dejado de pertenecer, diseñado quirúrgicamente por los medios (y miedos) de comunicación. Pero ojo, no de todos, solo de aquellos que bien saben lo jugoso que resulta el manipulador circo mediático que se montan, ya sea con ese matrimonio no tan perfecto, y tantas otras cosas. En fin. O desde el principio. No, mejor a otra cosa. Pues resulta que hace unos días tuvo lugar una nueva edición de los Globos de oro (la número 62), uno de los más prestigiados –que no prestigiosos– premios de la cinematografía y televisión norteamericana, que también otorga un galardón a la Mejor película extranjera; simón, igualito que como en los óscares. Me reservo mi opinión respecto a este y el antes mencionado premio, sobre todo en esta época post-tsunami (que esta sí debería de cambiar la vida del mundo, realmente, no como el 11-9). Y bueno, pues resulta que ganó por fin Leonardo DiCaprio un premio a Mejor actor importante. Su trabajo en la para mí aún desconocida, pero estoy seguro que deliciosa cinta, El aviador (también obtuvo mejor película), en la que se narra la vida de Saint-Exupery, ese piloto que voló en avión tanto y por tantos lugares del mundo, y que como volando viajó a través de su fina e inconmensurable imaginación, misma que le permitió escribir un breve pero inmortal prodigio literario llamado El principito. Con esto, y sabiendo que el realizador se llama Martín Scorsese, pues como que dan de ganas verla, y por qué no, felicitar a un actor con un gran talento que aún no ha, o había –habrá que ver– demostrado en plenitud. También se llevaron estatuilla en distintas categorías Hilary Swank (ganadora del Óscar), Annette Benning (de Beatty), Natalie Portman, Clint Eastwood, Robin Williams, Geoffrey Rush y Alejandro Amenábar, quien con su Mar adentro parece que ganará también el Óscar a mejor película extranjera que, aunque hay que tomar el real valor de este tipo de premios con pincitas y de a lejitos, no se puede negar que merece, sí, mucho respeto. La cosa es que los Globos de oro ya volaron.

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Ofelia Guilmáin fue ante todo una actriz, primera actriz y gran actriz de teatro. Pero también lo fue en la tele, y por supuesto, igualmente dentro de la pantalla de nuestro querido cine. Hizo más de 30 películas, pero la actuación que mejor le recuerdo fue en esa obra buñueliana de arte, El ángel exterminador. Tuve la suerte de conocerla bien, de ser prácticamente uno de sus nietos junto a todos los amigos de uno de los suyos. Alguna vez hablé con mi amigo David, su nieto, sobre por qué Ofelia no había hecho más cine. Nunca hubo respuesta; era y es un enigma. Y aunque sé perfectamente que esta señora admirable llegó huyendo de la guerra civil en España aún adolescente, que allá comenzó a actuar en la Compañía de guerrillas en pro de la libertad de expresión y de ser y soñar, que tuvo una gran familia y grandes amigos, que sin tener nada al llegar a este país, lo llegó a tener todo con una de las carreras histriónicas más prolíficas entre las grandes figuras, y que tuvo una vida plena en todos los sentidos, sin lugar a dudas me hubiera gustado verla más en la pantalla grande. Porque una grande se merece lo grande. Claro, sí, por supuesto: ella fue mujer de teatro. Donde siguen y seguirán naciendo los mejores actores y actrices. Como lo fue ella hasta el último día de su vida. Así de simple. Descansa en paz, Ofelia. Te vamos a extrañar. Besos y muchas gracias.

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