De Lolita a la Sra. Robinson

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Mientras sigo sin entender cómo el presidente de México (lo cual es un decir) puede salirse continuamente del guión cuando no hay tal y veo estupefacto cómo convoca a festejar su histórico triunfo del 2000 como si fuera el de todos los (las) mexicanos(as), al tiempo que el país vive una de las olas de violencia más crudas que mi memoria recuerde (con todo y su “desarrollo estabilizador”; jiribilla harto simpática de una película inexistente producida por Fox, que no la Fox), descubro una noticia de esas que provocan un dejo de nostalgia inmediata e inevitable: Anne Bancroft ha muerto a la edad de 73 años por culpa del maldito cáncer. De esta estupenda actriz se puede decir mucho, como por ejemplo, el que haya sido una de las más prolíficas actrices de su tiempo, que ganó el Óscar por El milagro de Ann Sullivan, que estuvo nominada otras tantas veces a este premio, que estuvo casada hasta su muerte con el genial Mel Brooks y mucho más. Sin embargo, cuando pienso en ella no puedo dejar de pensar en la cachondísima Sra. Robinson, esa femme fatal hastiada de una vida convencional, aburrida y falsa, justo cuando el declive de la vida da sus primeras señales de muerte. Pero ojo, que la Sra. Robinson tiene (habría de decir tuvo, aunque al ser el maravilloso personaje antagónico de una de las mejores cintas de la historia, El graduado 1967, siempre será la Sra. Robinson) aún mucho qué hacer, sobre todo contestarle hasta el fin de los tiempos esa famosa pregunta al hijo de sus mejores amigos (en su aún faceta de pretendiente en potencia de su hermosísima hija): Señora Robinson, ¿está usted tratando de seducirme… no? Frase que cualquiera que haya tenido la edad de Benjamín Braddock (17 años más o menos, interpretado por una naciente estrella, Dustin Huffman) hubiera querido escuchar de su propia Sra. Robinson. Y sí, que lo sedujo, y sí, que Benjamín se dejó seducir para después seducir y enamorase de la hija (como cualquiera hubiera querido hacer con la hija de su propia Sra. Robinson). Para después mandar a todos al demonio, robarse a la novia de la iglesia y partir en ese autobús tan lleno de esperanza y del todo puede ser posible. Sin duda El graduado fue uno de esos filmes que causaron conmoción y polémica, sobre todo en una sociedad pose, hipócrita, que por una estúpida razón no podía consentir que una mujer madura, una señora de sociedad hiciera lo que hizo la Sra. Robinson, que no es ni será otra (lo siento, Margarita Gralia) que Anne Bancroft. El sueño de todo adolescente que se haya preciado de serlo, incluso cuando ya no lo somos.

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Y todo esto que digo, quizá para muchos producto de una pacheca fuera de lugar de mi parte, me remite a cinco años antes de la aparición de El graduado: 1962. En este año se estrena la película que equilibra la balanza (más bien estaba desequilibrada hasta la aparición en 1967 de la cinta de Mike Nichols, basada en una novela de Charles Webb), una cinta que provocó aún más conmoción y polémica, sobre la relación (obsesión) de un casi cincuentón con una niña de 13 años llamada Lolita, así, como se titula la película dirigida por el genio irrepetible (tanto porque cada cinta que hizo fue absolutamente distinta a la otra, tanto porque nunca nadie más como él) llamado Stanley Kubrick, basada en la novela del gran Vladimir Nabokov, quien también estuvo a cargo del guión. Sí, ya sé, hace unos años se hizo el remake dirigido por Adrian Lyne y protagonizada por Jeremy Irons (actorazo que ni qué), pero la neta no había necesidad ni razón de hacerla, no solo porque está muy por debajo de la versión kubrickiana, sino porque simple y sencillamente es otra cosa de la que no tiene sentido hablar escribiendo. Al contrario de la Lolita estelarizada por James Mason, ese Humbert Humbert que hace todo lo que puede hacer para estar al lado de Lolita, su Lolita, mientras es seguido por el camaleónico Quilty (genialmente interpretado por Peter Sellers), esa especie de metiche proxeneta que no le permitirá a Humbert Humbert hacer todo eso que sí llega a hacer con Lolita, pero no como él hubiera querido. Aunque uno pudiera pensar que Lolita es una película sobre un hombre 30 años mayor que la niña, es mucho más que eso. Es una oda al amor, a los sueños que nunca se olvidan aun cuando estén a años luz de cuando se soñaron la primera vez, al valor de un hombre enfermo (de locura y amor) de enfrentar a una sociedad que aún hoy se empecina en dictar las pautas del comportamiento humano. Se puede o no estar de acuerdo con la actitud de Humbert Humbert en relación a Lolita, quien por cierto no es -ni será- ninguna perita en dulce, pero de que el tipo era sincero, de que tuvo el valor (al igual que la Sra. Robinson, a pesar de que esta tiene muchos más oscuros que claros en su personalidad), no cabe un ápice de duda. Una película genial, tanto como la novela, y eso que son obras de arte aunque similares muy distintas. Una cinta que sitúo en un extremo, mientras en el otro coloco a El graduado, como queriendo necia (mente la mía) una tanto como la otra sean las mismas, aunque para nada lo son. Salvo por el pequeño detalle de que en la primera, un hombre mayor tiene onda con una mujer menor, mientras que en la segunda una mujer madura tiene onda con una joven aún verde, pero ni tanto.

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Curioso cómo trabaja la mente humana. Pero más curiosidad cómo funcionan lo sentimientos humanos. Lo primero lo digo porque ni yo entiendo cómo fue que apareció en mi mente este supuesto paralelismo y/o símil entre Lolita y El graduado, aunque creo que ya expuse bastante y pachecamente las razones de mi atrevimiento. Y sobre lo segundo, eso que atañe al corazón (no me refiero al músculo que late en cada uno de nosotros, sino metafóricamente) para que de pronto aparezca un Humbert Humbert o una Sra. Robinson. Y no se vayan con la finta de que estos solo son personajes de películas o novela. Porque Humbert Humberts y Sras. Robinson se encuentran por doquier desde el comienzo de todo y seguro hasta el día del juicio final, digo, si es que al final está ese jurado con el que nos amenazan las santas conciencias. Como sea, estoy convencido de que ambos son inocentes. Pero no lo serán ustedes, cinéfilos de corazón, si no llevan a cabo el experimento de ver las dos películas en una sola sesión. Réntelas o cómprenlas y vean que, incluso, hay mucho más que decir de una y otra, juntas o por separado.