Daniel Sada

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Daniel Sada es como aquellos contadores de historias de la plaza Yamaa el Fna, en Marrakech, su lenguaje proviene no de la narrativa, sino de la poesía, sobre todo de aquella del tiempo Medieval. Es autor de inmejorables libros de cuentos (Juguete de nadie y otras historias; Registro de causantes) y de novelas escritas en estricta medida (Lampa vida, Albedrío, Una de dos, Porque parece mentira la verdad nunca se sabe), es decir, en verso de cadencioso rigor. Por su novela Casi nunca, recibió el Premio Herralde en 2008. Sobre este trabajo, la noche del jueves 6 de mayo sostuvo un diálogo con el público en la Casa ITESO Clavigero. Nosotros esa misma mañana conversamos con el narrador y lo que sigue es el resultado.
Las obras de Daniel Sada están sostenidas desde un lenguaje preeminentemente poético, no desde lo puramente narrativo, ¿qué dificultades ha encontrado ante los públicos y las editoriales? —le preguntamos.
“Lo primero que escribí en mi vida fue un poema —dice el narrador nacido en Mexicali, en 1953—, y lo que descubrí en el poema es que yo deseaba escribir historias, con personajes y capítulos. Yo tengo formación práctica, todo en verso: yo leía a Homero y su Odisea, y pensaba que los poemas debían ser de cincuenta páginas, largos. Nunca creí que los poemas debían ser cortos. Por los libros que leía entonces (La Divina Comedia, La Eneida) mis poemas eran extensos, con una serie de innumerables sucesos y acontecimientos; aclaro que prácticamente yo no tenía ningún contacto con la literatura moderna, y, cuando llegué a la Ciudad de México, me dijeron: ‘no, los poemas no deben ser tan largos. Deben ser breves, para que te los publiquen’. Yo traté de buscar una forma en prosa, para no disponerlos en verso. Fue así como nace un tono intermedio entre la poesía y la prosa. Esto, desde luego, nunca dejó de ser una rareza. Todavía lo sigue siendo.”
Cada título del autor de Casi nunca, convoca al lenguaje oral y el propio narrador declara: “Yo apuesto mucho por la oralidad. Posee vertientes insospechadas. La oralidad siempre crece de una manera que pocos pueden prever. De pronto hay poesía en ésta, hay metonimia e imágenes. De hecho yo hago siempre apuntes. Uno de mis títulos de novela lo escuché en una estación de autobuses. Lo dijeron en un estanquillo, donde yo tomaba un café. Y de repente escuché: ‘Porque parece mentira la verdad nunca se sabe…’; lo dijo un señor a una señora que le estaba vendiendo malteadas. Esa frase me pareció —y lo es en realidad— de una carga poética y filosófica increíble. Pueden surgir cosas en la oralidad que uno no toma en cuenta, porque cree que todo está escrito. Pero en el lenguaje hablado he encontrado verdaderas sorpresas.”
Pareciera que Sada está en una etapa evolutiva como narrador. Comenzó a escribir historias con asuntos y geografías rurales ubicadas en el Norte del país, para en seguida ir en búsqueda de las historias urbanas (Luces artificiales, Ritmo Delta, La duración de los empeños simples), y ahora de nuevo el mundo rural del Sur del país (Casi nunca), pero el prosista nos desmiente.
“Nunca me he propuesto tomar una línea de escritura; de repente se acumularon historias del Norte porque es de donde yo vengo: de súbito aparecieron historias citadinas… de hecho no descalifico ni la una ni la otra. La gente me identifica más como escritor de la provincia, porque la mayoría de mi obra está situada allí. Uno tiene que ser sincero y honesto con lo que conoce. Yo viví hasta los quince años en un pueblo y me di cuenta de que mi capacidad de asombro era diez veces mayor al tiempo en que he vivido en la ciudad. Cuando yo vivía en los pueblos apreciaba las cosas y los hechos como si los viera por primera vez. Temía que al vivir en la ciudad disminuyera mi capacidad de asombro. De hecho hay tanta información que demasiados asuntos nos asaltan o se nos imponen aunque no los creamos; yo prefiero desdeñarlos y hacer una selección. En la ciudad yo no puedo seleccionar, y en un pueblo tengo la oportunidad de escoger, de elegir. Hacer mía toda la percepción de las cosas. En la ciudad se me impone todo: es como un monstruo que me apabulla y yo tengo que percibir y ser sensible a todos estos avatares urbanos. No me inspira la ciudad como me inspira la provincia, sobre todo las zonas rurales; en la ciudad mi alcance es muy poco, no puedo contemplar tanto, porque aminora mi capacidad de hacerlo y por tanto mi capacidad de asombro. La ciudad determina demasiado la conciencia y la percepción. Yo quisiera que la temporalidad de la prosa y las imágenes tuvieran ese estiramiento, esa tensión que percibí cuando vivía en los pueblos. Yo no quiero que se agolpe la poesía, ni que venga como un torrente. En literatura no me gusta la libertad absoluta, pero tampoco la rigidez timorata. Persigo un equilibrio de fuerzas buscando la lentitud… Me interesa tener la capacidad constante de percibir como si viera las cosas por primera vez, como un niño”.