Crudo realismo

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    Tal vez eso del realismo en la literatura es sólo una tomadura de pelo. No es el arte un elaborado ícono que intenta reproducir la imagen de Dios. Fue Proust realmente el fabulador de una época o un simple cronista de degenerados aristócratas. El mismo Dostoievski no fue sólo un dipsómano enganchado a la ruleta, un asesino en potencia que supo narrar en Crimen y castigo la mejor nota roja de la historia.
    “Todo lo que esté basado en hechos reales es más vendible que la ficción”, escribió Chuck Palahniuk. Por qué entonces disfrutamos de las novelas “realistas” y las admiramos como si fueran escritas por deidades. Como si la imitación de la realidad fuera un valor absoluto. “Un Dios no escribe novelas” dice un personaje de Sabato en su novela Abaddón el exterminador. Entonces quién crea esas ficciones disfrazadas que tanto disfrutamos. Fueron los dadaístas los últimos grandes bromistas. “Sin duda EL ARTE no existe”, escribió Jacques Vaché en una carta poco antes de suicidarse a los veintitrés años. Será que a los verdaderos creadores, cuando llegan a esta verdad, no les queda otro movimiento, otro truco más que acabar con su existencia.
    “Casi todas las obras se componen de destellos de imitación, estremecimientos aprendidos y éxtasis robados”, escribió en sus silogismos el filósofo rumano E. M. Cioran. Es pues la literatura un GRAN ENGAí‘O, un simple artilugio de sensibles copistas. Será por eso el periodismo la cuna oscura de muchos grandes narradores: su trabajito para salir del paso. De Steinbeck a Hemingway, de Tom Wolfe a García Márquez. Será que todos los escritores no hacen más que “realismo sucio”. Tolstói, Conrad, Céline, Lowry… Cuántos biógrafos hacen falta para descubrir que detrás de una gran novela sólo hay un autor con cruda de mezcal desvariando por las calles de Cuernavaca. Juan García Ponce señaló alguna vez que las frases de Faulkner eran largas porque siempre bebía cuando escribía, “lo cual demuestra la virtud de los vicios para la literatura”.
    Son nuestras obras épicas simples textos escritos a medio camino entre una sobredosis y la resaca del medio día. Es Bukowski un Cristo moderno caminando sobre botellas rotas de vino blanco: “tirando flores por el camino de la muerte”. O es sólo un jugador y nada más, un borracho y nada más, un hombre y nada más…