Carta desde la diáspora

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Querido Juan, he pensado mucho antes de escribirte. No sabía si hacerlo o no. El verano pasado me di cuenta que considerabas a la creación como un desafío producto más del trabajo que de la inspiración. Pero lo que más me interesó es que mencionaste que tuviste la desgracia de que nadie te contara cuentos. Dijiste que ahí en tu pueblo, la gente se sentaba en los equipales a contar, pero que nomás llegabas tú y entonces los viejos se callaban, o comenzaban a hablar del clima, o de cosas sin importancia. Increíble que un contador de cuentos no haya tenido quien le dijera historias. Entonces pensé que yo era más afortunada, perdóname por pensar así. Pero te decía, entonces recordé a mis tías bisabuelas que en el patio de una vieja casona en Guadalupe Victoria, ahí en Analco, me contaron muchas historias: El mono de oro, La niña de la coronita, la de los taconcitos, El catrín, Las tripitas… Recordé también que ahí descubrí que la historia de mi familia era la historia de la ciudad, y que ésta, al mismo tiempo, era mi historia. Bueno, mejor dicho, esto hasta ahora lo descubro, aunque hace muchos años que lo viví. ¡Híjole, qué largo es el camino de la experiencia! Y cuando estamos listos sucede que ya casi se nos acaba el viaje… Volviendo al tema, rondaba yo como los ocho años. Cada domingo además de escuchar las historias de la tía Macaria, de hurgar en las habitaciones canceladas, de jugar con los perros, los patos y las gallinas, me dirigía a la séptima habitación, su techo alto estaba coronado por un tragaluz gigantesco y su amplitud me hacía pensar, antes bien, que estaba en una sala y no sentada en la cama de mi abuelo. A veces con atención y otras con familiaridad, veía aquel altar de cantera blanca en el que los cristeros ofrecían misas clandestinas y en el que se acumulaban pilas de monedas para apoyar a la resistencia anticallista. Cada tanto mi abuelo me repetía la historia, mientras yo seguía esculcando entre los roperos, esperando sus singulares olores y palpando el sinfín de objetos pequeños siempre llenos de preguntas. En otras ocasiones, mis hermanas y yo corríamos sin parar, entre los limoneros, sobre la fuente cuya grisácea piedra fuera, en otro tiempo, un ángel de alas blancas y erguidas; esquivábamos temerosas un pozo mal cubierto, insinuante de muerte y tragedia; el corral, las cocinas de piedra, las alcobas en desuso, todo estaba irremediablemente saturado, empolvado de misterio. Luego llegaba el momento en que, fugitivamente, nos asomábamos por entre las rejas de un desagüe amplio y apócrifo para mirar absortas los muros inciertos de un túnel clandestino que conectaba el barrio ni más ni menos que con la catedral. Las historias pululaban en la vieja casona de Analco. Cada rincón, cada objeto parecía contar historias sin hablar. Creo, querido Juan, que los seis meses que viví ahí, y los innumerables fines de semana que compartía con los abuelos y las tías me surcaron. Sin embargo, hasta ahora puedo asegurarlo, sólo hasta ahora, justo en el tiempo en que la línea de mi vida gira para iniciar la segunda parte de un círculo. Nuestras vidas son redondas ¡qué duda cabe! ¿Estás de acuerdo? Las imágenes más lejanas se van mirando más cerquita. ¿Verdad que tú sabías esto? Todavía me parece que miro esos mosaicos azules jaspeados de rojo y amarillo, sobre los que mis zapatos de charol colegial pisaban. Una puerta de madera azul, descolorida a golpe de chubascos y rayos de sol nos recibía. Mi papá abría, recorríamos el zaguán, y luego nos deteníamos frente a ese par de celosías estilo andaluz, plateadas. Un toquido, dos toquidos, el silencio, la mano de mi padre alcanzando una vieja llave que cuelga de la pared. Entramos, una hilera de macetones gigantescos expulsan malvas verdes, hirsutas, exuberantes. Ahí está la tía Macaria, con su pañoleta rodeando un rostro pálido, desdibujado a fuerza de años, con unos ojos vivaces que contrastan con su piel seca y arrugada. Sonríe, siempre sonreía. Querido Juan, ¿verdad que los muertos no mueren? ¿Por qué cada año que pasa siento a mis muertos más vivos? Te fuiste con eso, Juan. Si no, ¿por qué habrías puesto a platicar a tus muertos? O ¿por qué tus muertos suenan tan vivos? Perdona que cambie de tema tan bruscamente, pero si estuvieras aquí creo que te volverías a morir, aunque ahora de pura tristeza. En estos tiempos los muertos no huelen a cebo y azares, huelen a sangre, a indiferencia, a mentira. Si te sirve de consuelo, te cuento que trabajaste para esos que te pudieron tanto, los mojados, los huérfanos. Digamos que agarro tus historias y trato de vaciarles tus palabras hasta lo más hondo de cada uno. Buscamos juntos el sentido, querido Juan, y ellos persiguen desesperados la frase que descifre esa cosa, ese hueco profundo que se les hace entre el pecho y la barriga. Por qué carga el viejo al hijo crecido, les pregunto. Y veo cómo todos se asoman para ver a tu viejo caminando en esa zanja del demonio, miran al hijo moribundo, miran a un padre que reniega sin dejar de cargar al hijo, sin parar de preguntarle si mira algo, si no oye ladrar a los perros. Allá te leen porque son cultos o académicos, pero aquí, Juan, se te lee porque estamos sedientos, desahuciados, jodidos. Ya te imaginarás entonces por qué tanto recuerdo y por qué me atreví a escribirte esta carta. Tus muertos y los míos me dejan respirar. ¡Qué irónico! ¿Verdad? Explícame tú cómo puede ser más real la grieta de un llano en llamas que jamás he visto, que la autopista que recorro cada día. Dime por qué el cerro de Comala despliega una sombra más real que el horizonte que veo cada mañana. ¿Podrás contestarme algún día? No lo sé y creo que ni siquiera tú lo sabes. Mientras tanto yo seguiré preguntándome si no me concebiste un día mientras caminaba a Talpa, o mientras jugueteaba con el muchacho ese a quien le gustaban las ranas, o mientras hablaba contigo debajo de la loza aquella que, como dijo nuestra paisana, nos hacía sentir en un hogar muy sólido…