Autoridades electorales vs. el abstencionismo juvenil

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Falta menos de un año para que los ciudadanos acudamos a las urnas y elijamos por la vía del sufragio a nuestras autoridades de diversas jerarquías: desde presidentes municipales, diputados, gobernadores, hasta la máxima investidura que puede ocupar un mexicano: la Presidencia de la república.
Sin embargo, entre las autoridades electorales –el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, la Fiscalía especializada para la atención de delitos electorales y el Instituto Federal Electoral (IFE)– existe una gran preocupación respecto al gran vencedor de las últimas elecciones: el monstruo del abstencionismo, en especial el juvenil.
Ya lanzó la advertencia Luis Carlos Ugalde, consejero presidente del IFE: “el abstencionismo continuará siendo alto entre la juventud nacional, mientras no se resuelvan los problemas de desempleo y los partidos políticos y candidatos rechacen rendir cuentas de sus actividades”.
Las autoridades electorales en su conjunto pretenden hacer frente a semejante problema, con la intención de que los jóvenes se acerquen el próximo 2 de julio a sufragar por algún o algunos partidos políticos.
En fechas recientes se puso en marcha la “Semana nacional de la ciudadanía y democracia” (SNCD). El programa estuvo orientado a convencer a los jóvenes de que acudan a las urnas.
No obstante, la carga no debe recaer solo en las autoridades electorales de México. Todos los que hacen política o difunden la misma están involucrados. Políticos, partidos, medios masivos de comunicación, por citar algunos, tienen que coordinarse y persuadir a los jóvenes de que es saludable para todos ir a votar.
Se necesita más que despilfarrar dinero a tontas y a locas, con palabras huecas que no convencen a los muchachos y posiblemente producen el efecto contrario.
Y es que el ciudadano joven no es tonto, como algunos políticos pudieran pensar. Es más sensible de lo que parece. Aprecia su entorno social y político, y no ve seriedad en autoridades y candidatos. Esto trae como consecuencia un desentendimiento total de lo que ocurre en México, o en su estado, respecto a las renovaciones periódicas que surgen por vía de las elecciones democráticas. Según cifras oficiales, el padrón total de electores en México está formado por 71 millones de personas. En 2003 el 70 por ciento de los jóvenes entre 19 y 34 años se abstuvieron de votar. Esto es, 18 millones no emitieron su sufragio. De quienes tienen entre 18 y 24 años, solo votó el 23 por ciento. Para los próximos comicios se incorporarán siete millones de jóvenes que por primera vez están convocados para sufragar.
Por este motivo, constituye un reto no solo para el IFE, sino para todos los involucrados en la política del país de un modo u otro.
Ciertamente las autoridades electorales quieren convencer a los jóvenes para que acudan a las urnas, pero no los conquistan, no bajan las autoridades al nivel de los chavos. Ellos tienen su vocabulario y su forma de pensar, muy diferente al lenguaje acartonado y seco que proyecta una autoridad vacía de imaginación. Los jóvenes son un claro potencial para un partido o político inteligente que llegue a tocar sus fibras sensibles, con proyectos creíbles y claros, en beneficio de sus intereses, ya sean escolares, económicos, de calidad de vida o salud, entre otros.
Sin duda, considero que el voto de los jóvenes mexicanos sería decisivo para los comicios, ya en puerta, de 2006: ese sector representa el 45 por ciento del padrón de potenciales electores.
Esto los convierte en un importante capital electoral para todos los partidos, pues la mayoría no milita ni ha comprometido su voto con ningún organismo político. Dentro del sector juvenil, la tendencia es: a quienes cumplen la mayoría de edad sí les importa sufragar, y muchos lo hacen, pero a medida que pasa el tiempo, van perdiendo interés.
Además, se han hecho suspicaces: no confían en las instituciones, no confían en el gobierno.
Los partidos deben hacer lo suyo –con sus plataformas y simpatizantes– para realizar campañas permanentes de educación cívica democrática en beneficio de todos los que habitamos en México.
De esta forma, serían varios los frentes para la conquista de la voluntad de sufragar del mexicano, algo que podría transformarse en una cultura permanente.
Otra de las trincheras que deben tomarse en cuenta para inculcar la cultura democrática es que todas las escuelas y universidades habidas y por haber incluyan materias electorales democráticas en sus programas educativos.
El desencanto y apatía que pesan en el ánimo de la juventud tienen como origen, el comportamiento de los políticos y partidos.
Además, la improvisación en los cargos públicos es impresionante. Existe mucha gente sin el perfil para ocupar posiciones de alta o mediana responsabilidad y cuya única tarea es entorpecer las labores de quienes sí saben de qué trata la materia.
Sin embargo, los jóvenes debemos dejar a un lado actitudes pusilánimes y mediocres, ya que es la coyuntura que aprovechan los oportunistas del empleo burocrático.
Desde esta tribuna hago un llamado a las autoridades del IFE y tribunales en la materia (el federal y los estatales) a que se sigan esforzando para garantizar la democracia y generar mayor certidumbre en la sociedad, con estricto apego a las normas que regirán el próximo proceso electoral, que de hecho ya ha iniciado.
Como se aprecia, la tarea en manos del IFE, el Tribunal Electoral de la Federación y la Fiscalía de delitos electorales no es fácil. La misión consiste en llevar a 33 millones de jóvenes a las urnas, para que de esta forma elijamos a quien y quienes llevarán la conducción de nuestro país. De estos muchachos, siete millones tendrán 18 años.
De ahí que los jóvenes de México, y por supuesto de Jalisco, no pierdan la oportunidad histórica de votar el próximo 2 de julio. De eso depende nuestra calidad de vida. En una democracia incipiente como en la que vivimos, es conveniente analizar a cada uno de los candidatos con lupa.
El voto que recomiendo es el diferenciado. Consiste en no sufragar en bloque por un partido político, sino votar para presidente de la república por el mejor o el menos peor, mientras que para gobernador puede ser un partido distinto al que se eligió para presidente, y de la misma manera para los alcaldes y diputados (senadores, cuando corresponda). Se debe votar por el candidato serio y comprometido con nuestra sociedad, no necesariamente de un mismo partido político.
Si se actúa así, el pueblo no se equivoca…

*Maestro en derecho electoral y en derecho constitucional
y amparo. Catedrático en la UdeG, División
de Estudios Jurídicos, en el Departamento de Derecho Público y en el CUCEA.
jimenez_abogado@hotmail.com