Aunque duela y apeste

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“No bajes la guardia porque vengo pesada/… y en escena no soy una lady ni una princesa,/ todo lo contrario, soy una perra,/ así que vele midiendo porque se me aloca/ y soy puro pleito, mis puños, letras y patadas/ te dejan desarmada y soy toda un armamento/ que cuando lo suelto te reviento…”: el desafío a una justa de rap se confunde con un lenguaje de riña en esta pieza de Yoko MC, una rapera de Iztapalapa que conocí en diciembre de 2012. Ella aparece armada de puños, letras y patadas, viejo tópico de las letras y las armas de nuestra literatura clásica.

Conversar con Yoko MC fue abrir una ventana al mundo de las mujeres en el rap mexicano. El machismo que permea en las calles es la explicación más obvia ante la gran constelación de jóvenes varones que participan en la cultura del hip-hop. En las distribuciones espaciales del sistema patriarcal, los hombres ocupan el espacio público, la noche, y las actividades bélicas del mundo cotidiano. Para ser mujer rapera habría entonces que romper varios cercos y lograr un lugar en una minoría aceptada, tolerada y acaso protegida paternalistamente. Es a contracorriente que la rapera conquista el espacio y levanta la voz con un impulso doble, el de joven rebelde que se apropia de la calle, y el de mujer que se gana a mano limpia, a través de su talento, un sitio en el escenario del rapeo.

La música versátil ha sido su medio de vida. Más allá de su participación en el gran movimiento juvenil del hip-hop en el oriente de la Ciudad de México, ameniza las fiestas de los barrios populares con una gran variedad de estilos, que van del rock a la cumbia y las baladas de la radio comercial. Yoko MC canta y rapea, habla diferentes lenguajes musicales, sale y entra en los diversos ámbitos de la música que suena en las colonias populares. En una sola pieza va del canto al rapeo, cruzando literalmente las fronteras del sonido. Lleva ya 18 años haciéndolo. Del rap, lo que más le interesa es el gangsta: versos lanzados con voz enérgica para relatar las reyertas de pandillas, las persecuciones policiales, el narcisismo de quien reclama para sí el reconocimiento a su fuerza y superioridad. El rap gangsta visibiliza la vida difícil de las zonas periféricas de nuestras ciudades. Las calles en pánico constante, el acecho, los negocios ilegales, las correrías, constituyen la suma imaginaria de la épica urbana de nuestros tiempos. El gangsta se asienta sobre una verdad concreta, y aunque duela y apeste, la honestidad es su requisito primordial. Yoko MC define así su arte poética: “Cero inventar… siempre hay que ir cantando lo que vives”. Para qué inventar si no hay poesía sin esa franqueza de lo vivido.

Si como dicen los sociólogos del género, las mujeres han sido educadas para tener miedo, y así crecen con la conciencia de que siempre habrá alguien dispuesto a atacarlas, el gangsta femenino será entonces un movimiento de confrontación contra los temores arraigados en su definición de género y, por ello, un gesto contracultural. Es notable en los encuentros de rap a los que he tenido oportunidad de asistir, que la participación femenina se caracteriza por esta inclinación al gangsta. Las mujeres en el rap son defensivas, admite Yoko, pues los hombres les conceden poco espacio, les ponen límites, y se muestran recelosos cuando ellas resultan más talentosas que ellos, pues la mayoría de las chavas, como ella, pueden cantar y rapear. El gangsta es entonces un instrumento de defensa en la escena del hip-hop, pero esto no quiere decir que en sus letras las mujeres se definan a sí mismas como víctimas, ello las ubicaría en el lugar indeseable de haber sido sometidas, debilitando así la fuerza bélica de sus versos. Así como el rap de protesta, que en México ha tenido gran arraigo, abona a la energía contestataria, “si las rolas son violentas –nos dice Yoko– te prendes y de ahí andas buscando con quién pelear”. No es que la música provoque violencia, es que la violencia está ahí y la música la representa, la hace visible. El rap es en este sentido un testimonio que se manifiesta en el espacio donde la vida no es fácil.