A la intemperie

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Algo caerá.
Las derramadas frutas nos darán alcoholes,
la cebada será fermento de catástrofe.

Cerremos los ojos ante tanto perfume
de sabinos secos. Por un instante,
cuando la araña sorbe el cerebro
de la mosca, miro la humeante
eternidad, esa pequeña boca
que devora; toda crisálida me pierde,
me destroza un guijarro,
el delicado insomnio de la abeja
me trastorna, y deliro.

Y llegará la destrucción;
el esquema del nopal caerá en el suelo;
fallará en un punto la silueta del girasol,
podrido a muerte por la luna;
los coyotes comerán su propio corazón;
el águila será casi cartílagos,
sin vértebra ninguna;
no hay esperanza sino alcoholes
esparcidos por las noches
poderosas de viñedos
que truenan su amargura
en las quijadas de los montes.
El centeno, la piña, el mezcal,
la manzana luchando a muerte
por ocupar un sitio en mi garganta.

Vienen tus amados pero extraños senos,
en equilibrio intenso
sobre abismos de espadas
cuando bailas; pero la roca misma
es mariposa y tus senos
irremediablemente van a la tiniebla:
no quiero, no puedo detenerlos,
queda incrustado en mi cerebro
un dardo, oh ternura
que se consume lastimándose.

Yo desnudo, trigo, alacrán,
mercurio que escapa de mis propias manos:
no puedo controlarme, no puedo
contenerme y ser el vaso
que limite al azogue.

Pienso la derrota
como si acabara de cometer un crimen.
Beso el pasto, muerdo el tronco
de árboles porque quiero que me dure
este delirio por amanecer,
oh nubarrón eléctrico de dicha.

5

Apoyada en mi sangre
observas el vuelo regular de los insectos
y quiero desgajarte;
repetir este gesto que descubre
tu ya mil veces vista desnuda piel
de abedul tambaleante.

No duermas. Una vez más,
merodeador nocturno, encuentro
tus secretos resortes de delicia.
Y sin embargo entre los dos combate,
enemigo, un cenzontle.
Parece no tuviera ya más
derecho al goce,
alguien en mi conciencia torturado grita.
Casi no puedo amarte,
hay cielos asesinos.

Sólo siento una espantosa lasitud de selva,
bostezos de caimán, nitidez de garzas frágiles,
enjambre de insectos que caminan,
carcomido tronco de oyamel, mi cuerpo.

Y entonces me acostumbro
a disparar a bultos en la sombra,
maldigo al transitorio igual que yo
despojo del granito, la hormiga
que cercena la tierra paso a paso
buscando inútil horizonte
y entonces te combato,
crueldad y humillación de la esperanza,
parálisis del mundo,
hasta que anclemos
nunca
en una abra infinita.

A la ubtemperie, 1970

JAIME LABASTIDA
Selección: Filemón Hernández.