7 pecados en las gradas

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La cancha de futbol —y casi cualquier campo deportivo— es una analogía del vicioso suelo de la creación, con su movimiento dual en eterna disputa. Locales y visitantes. Triunfo y derrota. La circunferencia perfecta del balón asertivo dentro de las redes de la rectangular portería. La victoria del orden sobre el caos. La portería es pues, la abertura hacia la gloria, la fama, el cielo y la decadencia, la corrupción, el exceso.
Cuando uno asiste a cualquier recinto del deporte, el estadio Jalisco, supongamos, en realidad uno va a presenciar un instante —noventa minutos— de la incansable alegoría creadora de las civilizaciones. La épica alfombra verde transfigura a los futbolistas en heroicos gladiadores que permiten al público presenciar el principio o fin del mundo: como si la continuidad de la vida civilizada de los países y los pueblos dependiera del éxito o fracaso de su equipo favorito.
El futbol como sucedáneo de la guerra, permite con sus batallas sagradas una prolongada época de paz.
En esta época de bonanza, los espectadores del juego eterno personifican en las graderías las primitivas costumbres humanas, castigadas por siglos de conciencia cristiana a través de sus “mortales” —y morales— siete pecados capitales. Este es el retrato.

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